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Agujeros en el cielo


Cartel de Agujeros en el cielo

Pablo (Ander Lipus), un locutor de una importante cadena de radio, es inducido por una compañera de trabajo para poner dinero con el fin de que unos matones den una paliza a uno de los trepas de la empresa. A los matones se les va la mano y la paliza termina en muerte. Pablo decide dejarlo todo y abandona su puesto de trabajo refugiándose en una emisora de radio local en la ciudad que le vio nacer. Allí se reencuentra con Marta (Montse Zabalza), la chica de la que siempre estuvo enamorado. Marta está casada con Koldo (Alfonso Torregrosa) y tienen una hija de 17 años, Leire (Aiora Sedano). Pablo se instala en un apartamento cercano a la casa de Marta y la familia trata de que se encuentre cómodo entre ellos. La inquietud llega con Leire. La joven tiene novio, un chico que la adora, pero no puede evitar sentirse atraída por el misterioso hombre recién llegado. Marta se da cuenta de la situación y sabe que puede ser el germen de un grave proble-ma. Un día, Leire se enfada con su novio y decide ir con Pablo a la radio. Su programa es de madrugada y Marta no le da permiso. Koldo, sin embargo, no pone ninguna objeción y Leire se sale con la suya. Al día siguiente aparece Elena (Itziar Ituño), la hermana de Koldo. Su llegada tranquiliza a Marta y establece un nuevo orden en el peligroso juego de relaciones. Elena es una profesora de piano en la escuela de música. No ha tenido mucha suerte en el amor y la oportunidad de conocer a Pablo le abre una puerta para abandonar la soledad. Elena tratará de jugar sus cartas con la aprobación de Marta, pero el corazón de Pablo no responde a sus expectativas. Entre todos los personajes se teje una red de relaciones y deseos, de secretos y complicidades.

     Título original: Agujeros en el cielo
     Año: 2003
     Duración: 84 min.
     Nacionalidad: España
     Género: Drama.
     Fecha de estreno: 09/01/2004
     Calificación: Mayores de 18 años
     Distribuidora: Barton Films, S.L.

 

Comentario

Siempre he admirado a los directores que no utilizan armas en sus películas. A los que ofrecen sinceridad y transparencia, aún sabiendo que el alambre que separa lo sublime de lo ridículo es realmente muy fino. Estoy pensando en algunas películas: "Ordet" de Dreyer, "El rayo verde" de Eric Rohmer, "L'argent de poche" de Truffaut, "El empleo" de Ermanno Olmi, el cine de Renoir, de Rossellini o de Max Ophüls. A todos ellos les une la valentía de los trapecistas sin red y la obsesión por tratar de comprender mejor la naturaleza humana.

También están los directores que son maestros en la utilización de un arma: El dominio de la intriga, la ironía, el melodrama denso... Reconociendo que algunos cineastas son capaces de ofrecer toda su destreza en el manejo de ese arma y valorando la factura final de sus películas, siempre me queda la sensación de que están jugando en terreno seguro. Con un as en la manga. Arriesgando menos. Exponiendo menos.

Yo tenía ganas de escribir un guión que se pudiera llevar a la práctica sin grandes dificultades. Que no ofreciera dudas. Que se pudiera abordar con el espíritu de los cortometrajes. Un proyecto familiar. Rodado en pocas semanas, en vídeo digital y con actores debutantes surgidos del teatro o de calculadas pruebas de casting. Quería hacer una película sincera. Una película que evitara caer en los trucos de diseño, los puntos de giro de manual, los personajes que se sacan de la manga golpes de efecto...

Siento especial predilección por el desarrollo de personajes y esto necesita su tiempo. El formato cortometraje es esclavo de las ideas "excesivamente" originales y con frecuencia rebuscadas, precisamente por la falta de tiempo para ver crecer personajes, para dejar que se expliquen a sí mismos. El largometraje es, sin duda, el territorio ideal en este aspecto.

Buscaba una historia que se desarrollara en un pueblo o a las afueras de una gran ciudad, con pocos personajes, en pocos escenarios y sin apenas gente por las calles. Donde el trazo de los personajes y la estrategia de cruces de unos con otros se convirtiera en su arma principal. Un guión que no fuera de acontecimientos en cascada sino, más bien, una pequeña guía de personajes, con sus dudas, sus anhelos y sus conflictos personales.

Así nació "Agujeros en el cielo".

Recuerdo que a la escritura del primer borrador no llegaba vacío. Un año atrás había hecho un primer intento de escribir un guión que al terminarlo consideré que carecía del suficiente interés. Era un guión influenciado por el teatro naturalista de Henrik Ibsen, donde ya aparecían varios personajes que pensaba desarrollar de nuevo.

En aquél guión teníamos el regreso de un hombre a su lugar de origen y el reencuentro con una mujer a la que amó cuando era joven. Mujer que tenía una hija adolescente y que acababa de perder a su marido en un accidente.

Como se verá con esta breve premisa, los elementos para intuir lo que puede pasar están dados.

Al abordar este nuevo guión, decidí conservar el punto de partida pero dotando al regreso del hombre a su lugar de origen de un motivo dramático. A la mujer y a la hija les regalé sendos compañeros: un marido a la primera y un novio a la segunda. Por lo tanto, en el cruce de relaciones personales todo debía ser muy sutil si no quería caer en el conflicto fácil.

Me gustaba la idea de jugar con relaciones a dos bandas donde el resto de los personajes no tuviera más información que la precisa o aquella que le proporcionara su propio instinto. Mantener la discreción por encima de todo. Lo que pasa entre dos personajes no sale de ese micro-universo. Los demás solo pueden hacer conjeturas o leer entre líneas. No provocar situaciones violentas y evitar la cara externa del conflicto. Algo que siempre admiré en los personajes civilizados del teatro de Ibsen.

Me faltaba aún un personaje esencial: Elena.

El personaje de Elena lo rescaté de un relato breve que tenía escrito. Se trata de un tipo de personaje eterno que puede encajar en muchas historias: Una mujer en espera del amor.

Cuando decidí incorporarlo al guión en el que empezaba a trabajar, el personaje acabó encontrando su espacio en la historia. Mi mayor duda era precisar en qué momento debía aparecer este personaje. La clave me la dio un maestro, Eric Rohmer.

Había visto una docena de veces "La rodilla de Clara", una película que siempre me proporciona un goce especial. Admiro su perfección y me encanta su factura naturalista. En esta película tenemos la relación de un hombre con tres mujeres: Aurora, Laura y Clara. Aurora está presente en todo el relato como elemento cómplice del protagonista masculino en su relación con las otras dos chicas: Laura y Clara. Precisamente, la entrada de Clara en escena tiene lugar cuando termina la relación del protagonista con Laura. O al menos cuando esta relación se hace menos intensa.

Observé que en "Agujeros en el cielo" también teníamos la relación de un hombre con tres mujeres y que la entrada en juego de Elena sería perfecta cuando la relación de Pablo y Leire alcanza su punto más alto y se reconduce al terreno de la "normalidad". El personaje de Marta se mantendría constante, jugando a adivinar lo que pasa y actuando un poco por impulsos. Marta es el único personaje que tiene una visión de conjunto de las distintas situaciones que se pueden plantear. Pero aún así, le falta información.

Este planteamiento inicial terminó de redondear la idea base y la deuda con "La rodilla de Clara" hizo que decidiera llamar al personaje joven con el nombre de Leire. Parecido fonético al de Laura en la película de Rohmer. Incluso, hay un modo de actuar en Leire que está muy cerca de Laura.

El protagonista de "Agujeros en el cielo", sin embargo, tenía poco que ver con el personaje de Jerôme en "La rodilla de Clara". Hay que tener en cuenta que la película de Eric Rohmer se desarrolla en verano, en el tiempo de vacaciones, mientras yo quería construir una historia teñida de invierno. Eric Rohmer experimentaba con las posibilidades de la narración cinematográfica, no filmando unos acontecimientos en bruto sino el relato que alguien hace de ellos, según su propia explicación. Yo, sin embargo, me conformaba con hacer un humilde ejercicio de sinceridad, donde los personajes dijeran su verdad, independientemente de que en esa "su verdad" se estuvieran autoengañando. Algo que ocurre con frecuencia en la vida real.

Cuando el actor que encarnó el personaje de Pablo me preguntó donde estaban las raíces del mismo, yo le di dos claves: Una literaria y la otra cinematográfica. La primera "El extranjero" de Albert Camus. Influencia disimulada pero influencia sin duda en el germen de este personaje. La segunda "Un corazón en invierno" la extraordinaria película de Claude Sautet. El personaje interpretado por Daniel Auteuil es otra clave que me sirvió para moldear definitivamente a Pablo. De hecho, para mí, la película del maestro francés significa algo así como el techo al que se puede llegar haciendo un determinado cine intimista.

Buscaba un personaje que por sí mismo no hiciese nada, un personaje marioneta que se dejara llevar por una existencia anodina. No es casualidad que la primera imagen de la película sea la de Pablo tumbado en la cama.

Tanto el personaje de Pablo como el de Elena tienen como elemento común la inmadurez. Personajes que creen en la justicia poética, que esperan que un elemento externo haga girar el rumbo de sus vidas: Una conjunción de estrellas, el rayo verde, el claro de luna... Miran hacia el cielo pero solo encuentran agujeros. Cada uno ha hecho un recorrido determinado en su vida, muy diferente, pero que les conducirá, sin embargo, a un mismo punto.

El ejercicio de sinceridad se nutría, en su raíz más íntima, de la observación de comportamientos. Del encuentro con personas que, durante periodos importantes de sus vidas, no tienen claro lo que quieren. Que carecen de un objetivo concreto, se contradicen a sí mismas, ríen y lloran a un tiempo, en muchas ocasiones no saben lo que hacer. Tropiezan, se caen, se levantan, aciertan, se equivocan. Y lo que anhelan desesperadamente es... su espacio en el mundo. La historia de cualquiera de nosotros.