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Bon Voyage


Cartel de Bon Voyage

Cuando en junio de 1940 ministros, periodistas, grandes burgueses, mujeres galantes y espías coinciden en el hotel Splendide de Burdeos, un joven deberá elegir entre una actriz famosa y una estudiante apasionada, entre los políticos y los granujas, entre la despreocupación y la edad adulta.

     Título original: Bon Voyage
     Año: 2003
     Duración: 114 min.
     Nacionalidad: Francia
     Género: Drama.
     Fecha de estreno: 23/01/2004
     Calificación: Todos los públicos
     Distribuidora: Manga Films

 

Comentario

Una película personal

En esta película todo me habla, todo tiene un significado muy preciso. Todo me une, o bien a la historia de mi familia, a mi infancia, o bien a todo lo que me ha formado a lo largo de los años: mi afición a los libros, mi amor al teatro, al cine norteamericano y francés, mi pasión por la historia, además de otros motivos aún más íntimos. Nada está ahí por azar. En Bon Voyage hay una suma de cosas que desde hacía mucho tiempo quería meter en una película y que por fin he conseguido introducir en ésta. Edith Scob, que interpreta el personaje de Madame Arbesault, me dijo al final del rodaje que había tenido la sensación de estar en todo momento "en mi casa", tal era el grado en que cada detalle y cada escena parecían afectarme profundamente. Tenía razón, y es la persona indicada para decirlo, porque hay mucho de mi madre en Madame Arbesault.

La época de mi infancia

Treinta y cinco años después de La Vie de Château (Esposa ingenua), mi primera película, vuelvo al período de la guerra, el de mi infancia. Lo que vi, oí, viví, los trastornos en las vidas de los adultos que me rodeaban, son cosas que quedaron fuertemente grabadas en mi interior.

La Vie de Château (Esposa ingenua) se situaba en 1944, al final de la guerra. Bon Voyage tiene lugar al principio, en junio de 1940. Yo fui un hijo de la derrota. Mi padre luchó en la guerra del 14, se enroló a los 18 años, y volvió vencedor con la cruz de guerra, las condecoraciones y la legión de honor. Cuando volvió a marchar al frente en 1939, a mis ojos era el héroe que volvía a montar en su caballo, además tenía uno, porque estaba en la artillería. Pero esta vez perdió la guerra con todo el ejército francés y acabó preso en Alemania. Fue un golpe terrible. Todo aquello en lo que creía de niño se había desmoronado de golpe. Hace poco encontré una carta que mi madre había enviado a mi padre, preso, durante el invierno del 40. "Todas las mañanas, los alemanes desfilan por el bulevar, con música a la cabeza", escribe ella. "Todos los niños corren para verlos pasar, menos Jean-Paul, claro, que sigue inmerso en sus ideas negras…"

Pero había en la familia otro personaje, el tío Albert, un hermano de mi madre, un tipo magnífico, guapo como un actor de cine, con una gracia que fascinaba a los niños. Él partió hacia Inglaterra y una mañana de 1944, en la Liberación, lo vimos volver en Jeep al patio de la casa con su boina roja de paracaidista y su metralleta Thomson. De ahí viene ese mito de Inglaterra en la leyenda familiar, y cuando en Bon Voyage Grégori Derangère corre hacia el barco y sube la música, aún tengo lágrimas en los ojos. Por otra parte, una triste ironía quiso que un día, en el rodaje en Burdeos, en un jardín de la ciudad, me sonara el móvil. Era Bertrand, el hijo de mi tío. Me dijo: "Albert ha muerto". Yo le contesté: "¡Pero si justo ahora estoy contando la historia de tu padre!". Sí, al filmar a esos personajes, esa época, esos trajes, a menudo tuve la sensación de estar filmando a mi familia.

La comedia de Burdeos

Hace ya tiempo que pensé que de esos días de junio de 1940 en que toda la clase política, el establishment francés, los hombres de negocios y los artistas coincidieron en Burdeos, apiñados en uno o dos hoteles, se podía hacer una película. Todo lo que leía sobre la época me lo confirmaba, los testimonios, las anécdotas. Paul Reynaud tirando un vaso de agua a la cara de su amante, Hélène de Portes, delante del todo París, estupefacto, en el restaurante del hotel Splendide; las batallas para encontrar habitaciones; los sillones del vestíbulo a precio de oro para pasar la noche; Louis Jouvet sentado en los escalones del Grand Théâtre intentando reconfortar a Françoise Rosay deshecha en lágrimas… En esa concentración, ese caravasar, creía que cabía algo que girara, que se desbocara, un vals de personajes.

A menudo se ha dicho que La Regla del Juego de Jean Renoir (una de mis películas preferidas), estrenada en 1939, pocas semanas antes de la declaración de guerra, era como "el último baile" de una clase condenada antes de la catástrofe. Imaginaba que, en el fondo, esos aristócratas y esos grandes burgueses reunidos para un fin de semana de caza en el castillo de "La Colinière" no diferían mucho de la clientela que encontraríamos meses más tarde en Burdeos, en el hotel Splendide. Una réplica célebre de La Regla del Juego muy bien podría haberse encontrado en Bon Voyage. En el baile de disfraces en "La Colinière", el guarda de caza persigue a Carette por los salones disparando con el revólver, mientras que los aristócratas también se persiguen, pero por otras razones.

El marqués, interpretado por Dalio, le salta al jefe del restaurante: "¡Acabe con esta comedia!". Y éste le responde: "¿Con cuál, señor marqués?".

En el Splendide pasó lo mismo. Todas las comedias se dan cita allí. La del poder, la del interés, la del amor…

Después de El Húsar en el Tejado, trabajé en varios proyectos que no terminé, pero me volvía incesante a la cabeza esta idea de Burdeos en 1940. Sí, pero ¿qué historia podía contar? Hasta que un día, en uno de los numerosos libros que leía sobre el período, encontré este detalle: en los días anteriores a la llegada de los alemanes a París, el gobierno había decidido vaciar las cárceles. Ya tenía un inicio: un tipo está en la cárcel, sale, en París no hay ni un alma, se va a Burdeos a buscar a aquellos por los que estaba injustamente en prisión.

Patrick Modiano

Estaba yo reflexionando acerca este tipo de cuestiones, cuando me encuentro en una cena con mi novelista francés preferido, Patrick Modiano. Le había escrito muchas veces proponiéndole que trabajáramos juntos, pero nunca había conseguido convencerle ya que siempre tenía que acabar algún libro. Aquella noche, le conté mi historia de Burdeos, y algo debí decir que le interesó. Nos vimos al día siguiente. Modiano conoce ese período de memoria; hace unos años publicó Interrogatoire, un libro de entrevistas con Emmanuel Berl, que estaba en Burdeos en el 40 y que incluso escribió los dos primeros discursos de Pétain. Nos pusimos manos a la obra.

Yo sentía que esta película no podía ser otra cosa que una comedia. Es mi punto de vista. Me gusta esta frase de Howard Hawks: "Dadme un buen drama, lo convertiré en una buena comedia".

Desde mi primera película, cuando empecé a escribir La Vie de Château (Esposa ingenua), al cabo de unos días llamé a Alain Cavalier, con quien había inventado esa historia que al principio era muy seria, para decirle: "No encuentro más que cosas graciosas. ¿Qué hago?". "¡Continúa!", me contestó Alain. "Eres tú, es tu humor. ¡Adelante!".

Enseguida, Patrick y yo imaginamos una escena en la que, en el famoso comedor del Splendide, el protagonista, huido de la cárcel, era reconocido por un tipo y se daba a la fuga, tirándolo todo, creando un verdadero cataclismo en el restaurante. Entonces vimos que era posible una gran comedia, si un elemento perturbador se deslizaba en ese montón de vanidades burguesas, en ese mundo del todo París transportado a provincias. Pero quedaba una pregunta en el aire: ¿por qué estaba en la cárcel nuestro protagonista?

Buscad la mujer…

Rápidamente, por supuesto, se nos ocurrió la idea de que sería por una mujer. Nos imaginamos un joven de provincias. Va a París, donde vive la que fue su primer amor. Modiano evocaba a Des Grieux, enamorado de Manon Lescaut, al descubrir que en París lleva una vida cada vez más disoluta. Nos contamos la historia de una chica que iba por el mal camino, que iba tirando trabajando de 'extra' en el cine. Y después, poco a poco, de esa 'extra' sacamos a Viviane, una estrella de cine. Pero seguía faltándonos el motivo por el que el protagonista corre a Burdeos a encontrarse con ella. Entonces imaginamos una especie de prólogo, un suceso en el barrio de la avenida Foch, una noche lluviosa de 1939, que, ahora que veo la película, parece sacado directamente de una novela de Patrick Modiano…

Los herretes de Bon Voyage

Otro momento clave de nuestro trabajo fue cuando nació la idea de un segundo personaje femenino, una joven a quien nuestro protagonista conoce en el tren que le lleva a Burdeos. Esta tal Camille, la ayudante de un gran físico, introdujo en nuestra historia una puesta suplementaria que yo defendía, una jugada científica y estratégica que iba a superar la simple historia de nuestros personajes.

Un viejo amigo a quien había hablado de mi proyecto en sus inicios me había dicho: "Te falta la historia de los herretes, como en Los tres mosqueteros".

Había pensando mucho en eso, y fue al leer el relato del periplo de Joliot-Curie y de su equipo trasladando a toda prisa los secretos del Collège de France antes de la entrada de los alemanes en París, cuando supe que había encontrado mis "herretes".

El personaje del espía es una idea de Modiano. Antes de la guerra, en París había alemanes muy francófilos, más o menos escritores, más o menos periodistas. Hablaban perfectamente francés, formaban parte del Tout Paris y estaban enamorados de actrices de la época. Cuando llegó la guerra, resultaron ser nazis convencidos y, por supuesto, espías desde hacía tiempo.

Así, en nuestra historia, no hicimos el retrato de nadie, todo está inventado, pero todo es plausible, todo podría haber sido cierto. No hemos hecho una película "histórica", ni mucho menos, pero la película se alimenta de todo lo que sabemos, y sabemos mucho…

Unas semanas después, Patrick escribió en cincuenta páginas una especie de novela corta que contaba, con algunas partes aún un poco vagas, la historia que nos habíamos inventado. Para desarrollarla, procedí como siempre. Creo profundamente en las virtudes de los guiones con "múltiples capas", en la intervención sucesiva de varios autores que vienen a enriquecer el guión base. Jérôme Tonnerre, y después Gilles Marchand aportaron, cada uno según su sensibilidad, una mirada nueva e ideas diferentes. En el transcurso de las discusiones y de las versiones (hubo cinco), el guión fue ganando fuerza poco a poco. Todas esas versiones las escribí con mi hijo Julien, que para mí se convirtió con esta película en un compañero de escritura indispensable.

El tiempo pasa…

No obstante, el proyecto atravesó vicisitudes, y varias veces estuvo a punto de no llevarse a cabo. Trabajé en el guión durante casi tres años. Normalmente me desanimo con facilidad, abandono los proyectos cuando no creo lo suficiente en ellos. Pero éste no lo abandoné, seguramente porque me afecta muy de cerca. Además, hacía mucho tiempo que quería trabajar con Modiano, y esta relación se transformó con el tiempo en una verdadera amistad. Patrick siguió con pasión esta aventura. Así que, aunque sólo fuera por él, quería llegar hasta el final. Y luego estaba Julien, mi hijo, que dedicó dos años de su vida a esta película. De modo que tenía muchas razones para querer hacerla. Y las negativas no me desanimaban. Simplemente me decía a mí mismo: "No lo entienden". Hasta el día en que Michèle Halberstadt me llamó por teléfono, después de haber leído el guión: "¡Tiene muchísimo encanto!", me dijo. Era la primera vez que oía eso. Con Michèle y Laurent la película por fin pudo despegar. Todavía tuvimos que encajar algunas negativas. Pero, como decía Fellini: "Una película existe fuera de nosotros, nos dirige, sabe quién tiene que participar en ella, y los que no lo hacen es que no deben estar". Mis productores siempre fueron exactamente en esa dirección. Me repetían: "Hay que rodar con los que más ganas tengan de hacer la película". Y fue así cómo elegimos los actores y formamos el equipo.

El estilo, el ritmo, la dirección

¿Por qué el rodaje duró casi veinte semanas? Primero, porque en Bon Voyage hay 1.400 planos… y hubo que rodarlos, porque en mis películas, incluso en esas escenas que a priori parecen sencillas, siempre ocurre algo que lo complica todo: la lluvia, el humo, un gentío donde hay 'extras' que intervienen en momentos precisos.

Es raro que haya -yo diría que nunca- una escena tranquila en la que dos personajes sentados hablan en plano-contraplano. Este atropello de planos aporta -o al menos eso espero- una sensación caleidoscópica. Es lo que constituye el estilo.

Ruedo exactamente lo que he escrito, pero la película siempre es más divertida que el guión.

Todo sube un grado. Cuando buscaba socios, les daba el guión para que lo leyeran diciendo: "Será una comedia", y me contestaban: "Pues no es tan divertido". No sé por qué la gente no sabe leer, o tal vez la lectura no tenga el ritmo, la rapidez que alcanza la película en el rodaje. Por ejemplo, al escribir la escena en la que, al principio de la película, Frédéric llega a casa de Viviane, que está estresada, inquieta, y él no se da cuenta de nada, esta diferencia de humor entre los dos, cuando la estaba escribiendo me partía de risa. Veía que sería gracioso, tras un diálogo muy sencillo, ya era una escena de comedia, si se sabía leer.

Hago actuar a los actores a un ritmo rápido, pero que nunca es artificial. Lo sé porque al trabajar en el desglose dos meses antes del rodaje con mi script, interpreté todas las escenas y todos los personajes delante de ella. Y, al actuar, siento qué ritmo es justo y llego al rodaje con la rítmica en la cabeza. La dirección de actores es para mí algo musical, como una partitura. La puesta en escena ya está en mi cabeza cuando estoy escribiendo. De hecho, pongo en escena la escritura. Nunca escribo con las manos vacías. Si no veo los planos, no puedo escribir la escena. Sólo puedo escribirla cuando me parece filmable. Aunque después tenga que cambiar cosas.

Soñar los personajes

Prefiero lanzarme al guión, no imaginar actores. He llegado a escribir teniendo a actores concretos en la cabeza para un papel, pero al final creo que no es bueno, porque uno se limita.

Por ejemplo, Les Mariés de l'An 2 (Gracias y Desgracias de un Casado del Año 2) es una película que nació de la idea de hacer algo con Belmondo durante la Revolución Francesa. Pues bien, me faltaba poco para escribir "Belmondo entra en la estancia". Ya no ves el personaje porque estás cegado por el actor: lo has visto en tantas otras películas, con sus costumbres, sus tics... que ya no eres tan libre.

Cuando Montand hizo Le Sauvage (Mi Hombre Es un Salvaje), la película no se había escrito para él. Él me lo reprochaba, pero eso le obligó a superarse, y está extraordinario en la película. Nos peleamos mucho durante el rodaje, pero al final estaba tan contento que me dijo: "¡Ahora nos debemos una revancha espectacular!". Escribí Tout Feu Tout Flamme para él, pero lo conocía demasiado, y resulta que en esa película no está tan bien, sorprende menos.

De modo que cuando escribes más vale soñar, y es lo que hice en Bon Voyage.

Mi doble en el cine

Cuando Patrick Modiano y yo imaginamos el personaje de Frédéric, yo solía decir: "No veo quién puede interpretar esto". Debo decir que haber encontrado a Grégori Derangère fue una suerte extraordinaria, un don del cielo para nosotros. Pasamos por precipicios antes de encontrar a nuestro héroe.

Y ahora cuando lo veo al principio de la película, andando bajo la lluvia con su impermeable, alto y delgado, me hace pensar irresistiblemente en Patrick… y en mí, hace muchos años.

A decir verdad, en Frédéric tal como lo encarna Grégori, encontré un auténtico doble. Encuentro un poco del joven que fui, reconozco esa silueta, me resulta familiar.

En La Vie de Château (Esposa Ingenua), tenía esas mismas afinidades con Philippe Noiret, ese provinciano un poco distante, superado por los acontecimientos por culpa de una mujer y que se ve obligado a implicarse.

El trayecto de Frédéric en Bon Voyage puede resumirse de la misma manera. Y no difiere mucho de mi historia personal. Yo fui ese joven de provincias muy reservado, que acabó desbordado por la vida. Vuelvo a vivir eso cuando hago una película. Estoy uno, dos, tres años en la soledad de la escritura, después viene el momento del rodaje y salto a la acción. En todo eso, como en el caso del personaje al que da vida Grégori, las mujeres desempeñan un papel, por supuesto, ellas te sacan de tu agujero y te sacuden… Y creo que yo me crucé con tantas Vivianes como Camilles…

De la soledad a la acción

Vivir un rodaje, tras la lenta travesía del guión, es una gran felicidad. Un director que escribe sus películas ve su vida como cortada en dos. Cuando estás solo delante de la mesa, a veces piensas que la vida está en otra parte, y que todo te está pasando por delante. Y después, una vez empiezas la película, estás al frente de un ejército, como un general en campaña, ¡en la furia del rodaje! Tienes que tomar quince decisiones por minuto, ¡y eso durante cien días! Con Bon Voyage pasé meses extraordinarios con un equipo y con actores excelentes.

El futuro

Actualmente, la película que veo es mejor que la que tenía en la cabeza. El movimiento de las almas concuerda con los de la cámara, lo íntimo se confunde con lo general, la cámara se convierte en un personaje. Estoy orgulloso de la dirección de esta película. Creo que es mi filme más logrado. Además, como he dicho, los personajes me conmueven por muchos motivos. Los actores los magnificaron. Yo fui hacia ellos con mis maletas, y los actores las llenaron con su corazón. Se instalaron en mi casa, y la casa se hizo, gracias a ellos, mucho más grande de lo que nunca había soñado.

Nunca sé lo que voy a hacer después. Nunca he tenido una película con antelación, estoy demasiado implicado en la que estoy haciendo. La película es toda mi vida, soy la película viviente, y eso dura hasta que las bobinas están en las salas…

Actualmente estoy a la espera. Espero que al ver Bon Voyage, los espectadores reciban todo el amor, la pasión y el trabajo que todos pusimos en esta película.

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