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Tánger


Cartel de Tánger

Abdul Kader Torres, hijo del antiguo comisario de la Brigada Político Social, Ricardo Torres y de una bella tangerina Fátima, acaba de volver a Madrid con el encargo de ocuparse del negocio de su padre, "Ejecutivas Tánger".

El negocio no es demasiado limpio, ni claro, pero Abdul, desconociendo la situación, accede ilusionado ponerse al frente de él.

En su Tánger natal, el joven Abdul, era maestro de profesión pero su adicción al alcohol, hizo que le expulsaran de la enseñanza. La llamada de su padre para trabajar en España es una salida para él, además de conseguir un sueño anhelado desde su infancia: el cariño y el encuentro con su padre.

Abdul conocerá a Lidia la joven novia de su padre, por la que sentirá una atracción irresistible que le obligará a elegir entre ella y su progenitor. Dos sueños contrapuestos e irreconciliables. La decisión será dolorosa, y las consecuencias irreversibles. Durante su estancia en Madrid descubrirá, que nada es como él había soñado. Ni su padre, ni su hermanastro Fanfán, ni la agencia en la que trabaja son lo que parecen.

Un doble asesinato en la ciudad y la investigación de ese crimen destapará la corrupción que existe en algunos miembros del cuerpo de policía. Un eurodiputado español y algunos políticos se verán implicados, manejando los hilos desde muy arriba. Abdul comenzará a darse cuenta de que su padre y "Ejecutivas Tánger" tienen un pasado y un presente muy oscuro y sucio. ¿Qué puede hacer? ¿Denunciarlo? ¿Fingir?

     Título original: Tánger
     Año: 2004
     Duración: 100 min.
     Nacionalidad: España
     Género: Drama.
     Fecha de estreno: 21/05/2004
     Calificación: Mayores de 18 años
     Distribuidora: Aurum Producciones S.A.

 

Comentario

Cuando alguien hace por primera vez algo que le gusta, cree que lo lleva anhelando desde siempre, que todo el tiempo transcurrido hasta entonces no ha sido otra cosa que un tenso entrenamiento hasta llegar al momento culminante.

Esto no es cierto, excepto quizás cuando se descubre el amor y se experimenta en el cuerpo de una mujer como en un banquete largamente dilatado.

Con esto quiero decir que estoy tentado de afirmar que no he dirigido antes una película porque he estado muy entretenido intentando ganarme la vida escribiendo novelas, cuentos y reportajes. Trato de decirlo, pero no lo diré. Sin embargo, en honor a la verdad, tendría que mencionar que a los 18 años, mi novia de entonces me regaló una cámara de súper 8 y un libro: "Teoría del montaje cinematográfico" de Einseinstein. Con esas dos cosas -incluida mi novia- hice un cortometraje en blanco y negro al que añadí a mis hermanos y a los amigos de entonces. Por aquella época -antes de ir a la universidad- también creía que podía ser pintor (aparte de escritor), de modo que me dejé la barba, comencé a fumar en pipa y a sentarme en la calle de los pintores en el Rastro madrileño junto a mi obra, mirando con cierto estudiado desdén a los pocos que se atrevían a mirar mis pinturas y dibujos.

También es cierto que 4 ó 5 años más tarde, mi padre y yo acudimos juntos a la Escuela Oficial de Cine para matricularnos a las pruebas para acceder a ser guionistas. Nos extrañó contemplar la escuela ocupada por la policía y a los alumnos en la calle profiriendo gritos e imprecaciones: la Escuela Oficial de Cine acababa de cerrarse por orden gubernativa.

De aquel entonces hasta ahora han transcurrido más de 35 años y yo he colmado algunos sueños, excepto el que mi padre viviera para que se alegrara ahora conmigo. La última aventura del muchacho que se disfrazaba con una incipiente barba es la de dirigir el guión de una novela escrita por él mismo. Es como si un cocinero se atracara en secreto con su propia comida. El responsable de esta desmesura no ha sido otro que mi amigo Isidro F. Requena, convertido en productor ejecutivo. Bastó un apretón de manos hace casi tres años en el café Gijón, después de regresar de mi largo viaje por el amazonas, para que el acariciado sueño tuviera al fin visos de realidad.

El éxito lo bendiga, he tratado de no defraudarle. Y como pretendo ser, si no fiel, sí leal, le he entregado una película que, al menos, me hubiera gustado ver. Y como soy un tipo absolutamente corriente -tal como supe poco después del episodio de las barbas- cuyos únicos méritos son los de fijarse mucho, tener la vista larga y el paso corto, me siento instalado en algo parecido a la felicidad.

De todas maneras aviso: nada, ni nadie, me harán apearme del burro. Ya estoy preparando la segunda película. Todo es cuestión de entrenamiento.