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Fernando y Carolina


Cartel de Fernando y Carolina

En la deslumbrante corte Borbónica de Nápoles del siglo XVIII, el simple y ordinario rey Fernando y la preciosa Carolina, la preciosa hija de la Emperatriz María Teresa de Austria, son llevados hacia el lecho real por calculadas aliazas. Mientras las monarquías europeas mantienen el aliento, alguien inesperado surge en las habitaciones nupciales del palacio real. Para deleite de la joven pareja, ambos tienen un interés en común... el sexo.

     Título original: Ferdinando e Carolina
     Año: 1999
     Duración: 105 min.
     Nacionalidad: Francia, Italia
     Género: Comedia.
     Fecha de estreno: 20/05/2005
     Calificación: Mayores de 13 años
     Distribuidora: Civite Films

 

Comentario

""El rey narizotas", el "rey canalla", el "rey apestoso". ¡Ja! Nunca he sabido cómo acaba todo. Soy Fernando de Borbón, Rey de Nápoles, y éste es el final de mi largo y convulso reinado."

Fernando fue, ciertamente, el rey del que más cosas se han dicho a lo largo de la historia y es mucho lo que se ha escrito de él, durante y después de su larga existencia.

Cuando Raffaele La Capria y yo decidimos contar la historia de Fernando y Carolina, recogimos tanta cantidad de material que habría podido servir para realizar una docena de filmes: filmes de todo tipo. Esplendores y horrores, comedia y tragedia, amores y odios, se imbrican tan íntimamente en el relato de esos años horribles, esos años que cambiaron la faz de la Tierra, que la elección no resultaba fácil. Siempre me ha gustado lo grotesco y lo irónico, aventurarme, incluso, en las turbias aguas de la tragedia. Y, también aquí, intenté abordar la historia según mi propio estilo de hacer películas.

La cinta describe el final y el comienzo de la larga peripecia del rey Fernando. Acuden los espectros a espantar al viejo canalla, el cual, entre la llama y el crucifijo, intenta hallar un refugio en los recuerdos de sus locos días de juventud. El que fuera un joven licencioso y exhuberante, para quien la vida había sido una fiesta permanente, Fernando, se da de bruces contra las primeras cargas de la púrpura: un matrimonio de Estado. En las casas reales de España y Austria, Carlos y María Teresa habían decidido unir la vida de dos jovencitos, apenas salidos de la infancia, el lujoso esplendor barroco del tálamo real.

Fernando y Carolina se odian, se temen y desconfían el uno del otro, porque proceden de entornos totalmente distintos. La superstición, la ignorancia y las viejas y nuevas ideas, todo se interpone entre ellos. Empero, de forma imprevista, un resorte misterioso se dispara: el mocetón napolitano y la doncella austriaca comparten un apetito sexual precoz.

Las cacerías reales, los festejos y los personajes de la corte napolitana en la plenitud de su esplendor conforman el vistoso trasfondo de esta aventura, a medida que los artífices de esta boda de Estado: el ministro Tanucci, el abad Galliani y el príncipe de San Severo, se esfuerzan por compatibilizar los tics incorregibles del futuro esposo con las frías ambiciones políticas de la novia.

La tempestad que ha de convulsionar Francia y recorrer Europa, arrojando a la joven pareja en las inhóspitas regiones del temor, el odio y la venganza, se encuentra aún lejana.

El anciano rey moribundo se niega a recordar otra cosa distinta de las dulzuras y la despreocupación de la dorada edad de su juventud, de "lo maravilloso que era Nápoles, de los juegos que nos divertían y de cómo nos divertíamos, de lo maravilloso que era..."

No fue fácil encontrar un actor capaz de interpretar al rey narizotas. Durante los muchos meses de nuestra búsqueda, se perfilaron unos rasgos específicos: "Un idiota amable, un Walter Matthau jovencísimo, un Depardieu con diecisiete años. Y un tropel de jóvenes napolitanos, actores y no actores, acudió a la llamada, hasta que al final, casting tras casting, apareció el alto y nervioso Sergio Assisi, con su nariz de Polichinela y su sonrisa fácil. Era un verdadero talento, hijo de Nápoles, un terreno fértil para la producción de jóvenes artistas.

Y lo mismo ocurrió con la difícil e intrigante archiduquesa María Carolina: entre un gran número de jóvenes y hermosas actrices italianas, la adolescente italoamericana Gabriella Pession apareció allí un buen día. Acida, nórdica, habilidosa y encantadora, con una sólida cultura germánica y un extraordinario talento para la comedia, todo ello reunido en una misma persona, la encarnación de la quinceañera hija de María Teresa se materializaba en su espléndidos ojos azules. De este modo, el rey y la reina, los dos personajes centrales del filme, vinieron a ser encarnados por dos jóvenes actores desconocidos.

Con dos ojazos negros cual ciruelas negras resaltando en medio de una contagiosa sonrisa mediterránea, la joven y espléndida actriz siciliana Nicole Grimaudo se convirtió en nuestra princesa de Medina, la primera amante aristocrática del joven monarca.

La adorable y provocativa intérprete de la danza del vientre, con un toque de Marilyn y la estampa clásica de un Watteau, la fascinante y ahora tremendamente popular Lola Pagnani se convirtió en la seductora Sara Goudar, aspirante a convertirse en la Pompadour del reino de Nápoles.

Además de una troupe de jóvenes actores - ¿Quién ha dicho que no hay actores de talento en Italia? - Adriano Pantaleo, interpretando al "Narizotas" infantil, con orejas de soplillo, que debutara conmigo en "Io speriamo che me la cavo"; Carlo Caprioli, hijo del gran Vittorio, Giuliano Amatucci y Yari Gugliucci, ambos napolitanos; Matt Patresi, llegado de Inglaterra, Giuseppe Bottiglieri, venido directamente desde Miami; Paolo Di Giorgio, un joven Girotti formado en el Centro Sperimentale. Todos ellos con un tremendo talento, formados en las tablas y en las escuelas de cinematografía, y sin embargo, tan provocadores y desinhibidos como si hubieran trabajado toda la vida en el cabaret.

Y luego está la increíble actriz teatral, la joven italoargentina Moira Grassi, tan "ronconiana" que ya ha realizado su debut cinematográfico, una actriz de la que, sin duda, oiremos hablar mucho. Lo mismo que Lucilla Vacondio, un brillante talento para la comedia que tiene el cuerpo de una top model y el rostro de Alicia en el país de las maravillas, un verdadero lienzo en tonos pastel que irradia el suave encanto de Albión.

También está Lea Gramsdorff, grácil y misteriosa, quizás uno de los mayores talentos producidos en estos últimos años por el Centro Sperimentale. Lea interpreta el papel de la austera María Amalia, la madre de Fernando. La archiduquesa María Juana es interpretada por Vanessa Sabet, a quien el espectador avisado podría reconocer como una de las más famosas actrices de reparto del cine italiano: ¿os recordáis de "Pobre, pero hermosa"? Pues bien, Vanessa no es otra que la hija de Alessandra Panaro. Y viene, por último, la joven y encantadora Elena Presti, que da forma a la encantadora princesa de Floridia.

Empero, si bien, por una parte, tenemos esta maravillosa, atractiva y brillante camada de jóvenes actores, tenemos también, por otro lado, un versátil conjunto de verdaderos veteranos. Así, Mario Scaccia, magnífico e imponente actor de carácter en la escena italiana, encarna al anciano Fernando. La gran Isa Danieli, ganadora del premio UBU a la mejor actriz del año, es el ama de llaves del provecto monarca, y Silvana De Santis lleva los suntuosos aderezos imperiales de María Teresa.

Y viene luego una colección de buenos talentos. Elio Pandolfi, actor de unos recursos tan sólidos que ha sido frecuentemente ignorado por la miopía de nuestros cineastas, interpreta a uno de los más hábiles y brillantes personajes de la corte de Nápoles, el abad Galliani. Y, luego, en el rol del toscano Tanucci, el austero y poderoso ministro del rey Carlos, tenemos a Leo Benvenuti, uno de los más talentosos guionistas de Italia; y en el ambiguo y mágico rol del príncipe San Severo, vemos a uno de los mejores directores de escena italianos, Armando Pugliese.

El portador de terribles noticias, en su saltarín carruaje que lanza en persecución de Fernando, Gianni encarna al atildado embajador austriaco. El más famoso y atractivo de los "viejos leones" de la bahía napolitana de un azul restallante, Pelos La Capria encarna al sacerdote y confesor del anciano monarca agonizante.

Además de antiguo playboy, jazzista, noctámbulo, viejo amigo de Arbore y profesional de Nueva York, Gerardo Gargiulo interpreta aquí al rey Carlos de España. Y su hermana, Giuliana Giargiulo, la más viperina periodista que Nápoles haya conocido jamás, se convierte esta vez en la Hermana María Crocefissa.

Fernando y Carolina es un filme decididamente poco convencional que zizaguea a lo largo de algunos de los períodos más atroces de la historia, con toda la ligereza y despreocupación de este rey forastero. Contar esta historia ha implicado acometer una empresa casi imposible en el cine italiano de hoy, esto es, realizar una superproducción de época. El argumento se desarrolla en el marco de las cortes más elegantes y refinadas de Europa: Viena, Madrid, Nápoles...., con sus cacerías reales, sus fastos, sus bodas suntuosas y sus enjambres de cortesanos ricamente vestidos. En resumen, un desafío que habría precisado una inversión de muchos millones de liras para estar a la altura de la tradición viscontiana de nuestra cinematografía. El nivel que hemos alcanzado se ha debido enteramente al milagroso trabajo de Enrico Job, quien, en mi opinión, ha situado cada fotograma de este laborioso y exquisitamente elegante filme a la altura de las más grandes creaciones de época. Job, con la ayuda de sus espléndidos colaboradores, como Gino Persico en el vestuario, Virginia Vianelo en la decoración interior, y Bruno Amalfitano en los diseños especiales de decoración, nos llevan de su diestra mano en una gira triunfal por las cortes europeas: desde los soberbios palacios reales del norte, pasando por los austeros sitios españoles, hasta el esplendor africano de la corte napolitana, con sus reverberantes pasiones vividas bajo el implacable sol napolitano, retrotrayéndonos a la época de la mano de la atractiva y erótica fotografía de Blasco Giurato y de la acertada edición de Pierluigi Leonardi.

Por supuesto, nada de esto habría sido posible sin el coraje y la intensidad de Edwige y Edwin Fenech, que confiaron en un filme tan difícil y completamente original, y de Roberto De Laurentiis, quien, en la línea de su linaje familiar, nos brindó toda su fuerza, su genio, su fantasía y su pasión.

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