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Tiempo de valientes


Cartel de Tiempo de valientes

Mariano Silverstein es un psicoanalista que a raíz de un accidente de tráfico está involucrado en un juicio penal. Aconsejado por su abogado solicita al juez una probation, figura legal por la que un juicio se suspende y el acusado, en lugar de recibir una condena, se compromete a realizar tareas comunitarias dentro de su actividad.

La tarea que el juez asigna a Silverstein es la de atender a Alfredo Díaz, un inspector de la Policía Federal anímicamente devastado por la infidelidad de su mujer.

Así es como Silverstein debe improvisar una itinerante sesión de psicoanálisis mientras acompaña a Díaz en la investigación de un crimen, sumergiéndose progresivamente en el universo policial.

Pero eventos fuera de programa dispararán la trama hacia zonas inesperadas, obligando a nuestros héroes a enfrentarse a grandes peligros, físicos y emocionales, para los que, por supuesto, no estarán preparados

     Título original: Tiempo de valientes
     Año: 2005
     Duración: 112 min.
     Nacionalidad: Argentina
     Género: Comedia.
     Fecha de estreno: 26/05/2006
     Calificación: Mayores de 13 años
     Distribuidora: Notro Films

 

Comentario

Nací en 1975 y fui chico en la década del 80. Desde los tres años mi papá, un vendedor de materiales eléctricos y cinéfilo de barrio, me llevó a ver dos o tres películas por semana. Eran los primeros años del video (recuerdo estar con fiebre y que él llegara con bolsas de quince o veinte películas) y los últimos del Súper 8 (esperaba con ansiedad la proyección de los 17 minutos de "escenas escogidas" de Superman y La Guerra de las Galaxias cada fin de semana). Rogaba que lloviera y que se suspendiese el deporte de turno para que me llevaran al cine, y todo lo relativo al universo de las películas me cautivaba, desde los Sábados de Super Acción, El Mundo del Espectáculo, el Kenia Sharp club o Trasnoche Aurora Grundig, hasta las extensas conversaciones con los dueños de los video clubes. Ya caminar por Lavalle, sencillamente mirando los afiches de los futuros estrenos, era un mejor programa que visitar un parque de diversiones o salón de videojuegos. El cine fue una parte fundamental en mi educación y se convirtió en la lente a través de la que veo, sueño, imagino y recuerdo las cosas.

Mientras esa lente se formaba, "El cine", para mí, con excepción de Crin Blanca y El Globo Rojo, era más bien el cine americano de aquella década y las dos décadas anteriores: Coppola, Spielberg, Friedkin, De Palma, Scorsese, Cameron y Carpenter. Woody Allen, Hitchcock y Leone. Pero también estaban las de James Bond, las buddy movies de Bud Spencer y Terence Hill, o Franco Nero arrastrando su ataúd en Django. Circulaban esos nombres tan agradables de pronunciar, como Sam Peckinpah, Ernest Borgnine, Lee Marvin o Steve McQueen, y mi origen hebreo me llevaba a tener héroes de lo más disímiles: por un lado estaba Harry, "el Sucio" y por el otro Tevye, "el Lechero", interpretado por Topol en la versión de Norman Jewison de El violinista en el tejado. Recuerdo la excitación al ver en el diario cualquier afiche dibujado por (o con el estilo de) Drew Struzan -que ya prometían universos fascinantes (Volver al Futuro, los Goonies y los Gremlins, Viaje Insólito, El Secreto de la Pirámide)- o la alegría de leer que en los créditos figuraban John Williams, Ennio Morricone, o Carlo Rambaldi en el diseño de las criaturas. Las comedias románticas, las bíblicas, las de baile, las del espacio, las más perturbadoras (desde Los Aventureros del Tiempo hasta Cuenta Conmigo), las de juicios, las de espías, las prohibidas para menores de 18, las de policías: Axel Foley, Riggs y Murtaugh, John McClane, 48 horas, Midnight Run, y tantas otras que no ganaron premios, ni se usan para dar clases, ni revolucionaron el lenguaje del cine, pero se encargaron de mantenerlo vivo.

Con el correr del tiempo crecí, viajé, leí, estudié cine, y el contacto con otros compañeros y profesores me llevó a conocer y disfrutar también de otras cinematografías. Sin embargo sigo teniendo una particular devoción por aquellas películas que, aun cuando reflejan las ideas, las opiniones o la visión del mundo de sus directores, lo hacen siempre a través del espectáculo.

Y después, más allá del cine, está la vida real, con toda su intensidad y sus complejidades.

Ahora que la película está terminada, noto que lo que naturalmente surgió de mí fue trabajar sobre la línea que separa ese mundo real -aquel del trabajo, la pareja, las cuestiones del país en que uno vive, o los demás aspectos de la vida adulta- del universo del cine. Noto que, aun sin proponérmelo, me ocupé de volver esa línea más difusa, por un lado para cruzar el umbral de la vida doméstica y, de la mano de personajes más bien cercanos (de esos que uno podría llegar a ser o conocer) visitar aquellos escenarios de grandes aventuras propios de las películas que tanto me cautivaron de chico, y que quedaron irreversiblemente asociadas a distintos episodios de mi infancia. Y por otro, para explorar el procedimiento inverso, el de introducir en la vida adulta y cotidiana elementos que suelen ser más frecuentes en aquel cine, y no me refiero sólo a determinados ingredientes fantásticos o a las secuencias de acción, sino a valores tan sencillos como la honestidad, la valentía, y el sentido común.

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