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Days of glory


Cartel de Days of glory

1943. Aunque jamás habían estado en Francia, Saïd, Abdelkader, Messaoud y Yassir se alistaron en el ejército francés junto a otros 130.000 "soldados indígenas" para liberar del enemigo nazi a la metrópoli. Estos héroes a los que la historia ha olvidado ganaron batallas en Italia, Provenza y los Vosgos antes de encontrarse solos defendiendo un pueblo alsaciano contra un batallón alemán.

     Título original: Indigènes
     Año: 2006
     Duración: 120 min.
     Nacionalidad: Francia, Marruecos, Argelia
     Género: Bélica.
     Fecha de estreno: 30/03/2007
     Calificación: Mayores de 13 años
     Distribuidora: Notro Films

 

Comentario

El momento oportuno

Llega un momento en el que las cosas maduran y encajan. Para mí ese momento llegó cuando acabé Little Senegal.

Desde siempre me ha interesado la historia de la inmigración. Es el pasado de mi familia. Uno de mis tíos luchó en la Guerra de Indochina. Vivimos la Guerra de Argelia, y tengo un bisabuelo que participó en la Primera Guerra Mundial. Siempre he vivido marcado por la colonización, la descolonización, la inmigración y todos estos hombres que han escrito la historia de Francia.

Olivier Lorelle, con quien hice el guión, y yo estuvimos informándonos durante más de un año. Empezamos por el Departamento de Documentación del ejército. En el Ministerio de Defensa encontramos documentos sobre Naceri y Debbouze, que fueron los antepasados de los actores que hoy conocemos. También nos documentamos en bibliotecas, pero sobre todo contactamos con personas que vivieron aquella época. Queríamos oír sus testimonios. Fuimos a Burdeos, Marsella y Nantes, así como a Senegal, Marruecos y Argelia. Nos empapamos de sus experiencias y emociones. Entonces fue cuando me di cuenta de que la película no podía reflejar la historia de un solo hombre, sino que tenía que incluir a todo el continente africano.

Luego tuvimos que digerir todos los datos que habíamos recabado. Yo quería hacer una película, no un documental. Un documental dramatizado también habría sido una trampa. El cine tiene que tener en cuenta al espectador. Tiene que tener una dimensión que vaya más allá del contexto histórico y que ahonde en el sentimiento humano para encontrar lo que nos conmueve a todos dejando al margen las diferencias.

Para mí, el cine transmite encuentros y emociones. Por encima de todo es algo que te hace sentir, incluso aunque tenga un mensaje. Ésa era la única forma que tenía de desarrollar la historia y conectar con el espectador. No quería ser didáctico. No hace falta. Tardamos en desarrollar el guión más de dos años y medio. Tuvimos que hacer 25 versiones para transcender la historia y concentrarnos en el contenido humano, en los detalles pequeños, cotidianos, que reproducen la vida mejor que ningún mensaje.

Durante la fase de documentación, encontré un artículo de hacía cinco años sobre un pueblo de Alsacia que acababa de erigir un monumento a los cientos de soldados de infantería que murieron protegiendo a sus habitantes. Defendieron su tierra hasta el final, y sufrieron gravísimas pérdidas. Este suceso me incitó a contar la historia de un grupo heterogéneo que se une frente a la adversidad. Tenía muy claro que sólo recurriría a hechos reales. Escribí sobre la misión de aquellos hombres que se encontraron en un pueblo perdido y sacrificaron sus vidas en el nombre de la metrópoli.

Los actores y los personajes

Desde el principio hablé con los actores, ya que no podía imaginar la película como algo que no fuera colectivo. Escogí a los actores por su sensibilidad. A algunos ya los conocía en persona, pero a todos los valoraba profesionalmente. Fui a verlos y hablarles sobre mi proyecto. Todos se mostraron interesados. Les dije que volveríamos a vernos... ¡cuando tuviera el guión! Ellos fueron los primeros en mostrar entusiasmo por el proyecto, que se salió de los límites de la cinematografía. Cobró una dimensión especial.

Para crear los personajes, me inspiré sobre todo en los veteranos que conocía. Yassir, el goumier, nació de uno de aquellos encuentros: conocí a Yassir en una pensión de Nantes. Saïd, el cabrero, también existe. Otros personajes son una mezcla de varias personalidades. Abdelkader está inspirado en personajes como Ben Bella, que combatió en la Segunda Guerra Mundial, se desilusionó y se hizo nacionalista. También me entrevisté con tres personas que conocieron a mujeres francesas, se trasladaron a Francia e hicieron allí sus vidas.

Al principio, el guión duraba tres horas y media y comenzaba en África. Tuvimos que recortarlo y reducirlo a los países del norte de África. No escribí un personaje concreto para cada actor. Quería sentirme libre al escribir. Jamel podría haber interpretado a Abdelkader. No quería limitaciones. Los papeles eran intercambiables.

Como Jamel iba a triunfar o hundirse con nosotros y a llevar todo el peso como actor, le ofrecí ser uno de los coproductores. Y así comenzó la aventura. Nos reunimos con los productores uno por uno, y luego fuimos a la Asamblea Nacional de Francia, al Senado, a los gobiernos regionales, incluso a los de algunos sitios donde no rodamos. También nos entrevistamos con ministros de Argelia y Marruecos. Fue un proceso largo, y todos tuvimos que arrimar el hombro, pero nunca tuve dudas de que la película se haría. La necesidad de contar la historia era tan acuciante que no había otra alternativa. A veces la energía de un proyecto sale de ti y te arrastra. Así fue esta película para mí. Esa certeza me llevó hacia delante. El tema que trata es tan importante que sentí la obligación moral de sacarlo adelante.

Una epopeya íntima: el rodaje en exteriores

Para mí, la película era diferente porque combinaba muchas escenas que requerían una gran logística con momentos íntimos entre los actores. Ambas variantes están estrechamente vinculadas, e incluso en las complejas escenas de batallas mi objetivo fue permanecer lo más cerca posible de los personajes.

Antes del rodaje, hicimos el storyboard de las 900 escenas que tiene el guión durante un periodo de cuatro meses. El rodaje duró 18 semanas y se repartió entre Ouarzazate, Marruecos, un lugar perfecto para las escenas marítimas, el sur de Francia (Beaucaire y Tarascón) para las escenas de la liberación, y los Vosgos y el entorno de la frontera entre Alsacia y Lorena. Las escenas en las que aparecen montañas nevadas, que en la película son los Vosgos, se rodaron, curiosamente, en Marruecos.

También había muchas escenas de combate que abarcaban varias hectáreas, con explosiones por todas partes, así como efectos especiales para simular aviones en el cielo y flotas de buques de la Marina. Quería dar a la película una dimensión épica, para que pudiéramos sentir las batallas, el cambio de estaciones, el paso por los distintos países y los cambios en los hombres. Quería estar en todos los frentes. Hasta el decorado del pueblo de los Vosgos requirió nada menos que el trabajo de cincuenta personas que, en cinco meses, transformaron una aldea en ruinas: reconstruyeron un grupo de casas y añadieron una iglesia y una cafetería. Todo tenía que servir como telón de fondo histórico.

La primera gran impresión me la llevé cuando se hicieron los trajes para los actores. Ver a Jamel, Samy, Roschdy y Sami vestidos de sus personajes me hizo sentir de repente la realidad de la película. Una chaqueta de soldado, una gorra o una chilaba dieron de pronto a los personajes un aire de veracidad. ¡Habían ocupado el lugar de sus antepasados! Desde el principio, sentimos que ninguno de ellos iba de héroe. Eran un grupo de hombres.

La segunda gran impresión me la llevé el primer día de rodaje. Por razones organizativas, tuvimos que empezar por la escena en que los soldados están en formación frente al campo de Sicilia y a Jamel lo golpean con la culata de un rifle. Habíamos entrado directamente en el meollo del asunto. Como llevaba tres años sin hacer ninguna película, hubiera preferido empezar rodando el paso de camiones, pero las cosas salieron así, y fue para bien.

Todos los días fueron difíciles. Yo estaba muerto de miedo, pero no lo podía demostrar. Frente a 500 extras y 220 técnicos, no puedes parecer inseguro. Me enfrentaba a mis temores cuando estaba solo en mi habitación, por la noche. Pero me fui sintiendo seguro al ir trabajando.

Con los actores trabajamos duro desde antes del rodaje. Cuando éste empezó, nos reuníamos casi todas las noches para hablar sobre el guión. Se convirtió en un ritual. Hablábamos sobre las escenas, el guión, la historia... Fue una aventura humana que emprendimos juntos.

Era la primera vez que trabajaba con Jamel. Fue muy cuidadoso. Este papel dramático era muy importante para él y se preocupaba por hacer un buen trabajo. Se esforzó mucho. De vez en cuando, gastaba bromas para rebajar la tensión y probablemente también para sentirse más seguro. Me conmovió lo que sacó de dentro, su sinceridad y su fragilidad. Pronto olvidamos que era Jamel Debbouze el que actuaba y sólo veíamos a Saïd. Hace falta talento para obrar un pequeño milagro como ése.

A Roschdy lo conozco desde hace tiempo. Tiene fuerza interior. Parece que las cosas apenas le cuestan, pero detrás de eso hay mucho esfuerzo. Sabe cómo dar en el clavo. Siempre intenta entender las cosas, y nunca finge. Su capacidad de observación y su habilidad para integrar elementos diversos son impresionantes.

A diferencia de muchos de sus compañeros de profesión, Sami Bouajila está muy centrado y no deja nada al azar. Trabaja en su personaje hasta que lo controla perfectamente. Sami se convirtió en Abdelkader. Tenía su energía, su integridad y sus reflejos. Se implicó mucho a nivel humano y estaba muy unido al grupo.

Hay algo fascinante en Samy Naceri. No habla mucho. Apenas hace preguntas. Te escucha, y, de repente, cuando la cámara se acerca, cobra vida y lo hace todo bien a la primera toma. Es un actor instintivo y de gran presencia. La escena en que coge en brazos a su hermano muerto nos sobrecogió a todos. Todo el equipo se quedó sin palabras.

En general, no hicimos demasiadas tomas, no más de tres o cuatro. Todo el mundo estuvo estupendo. A veces tenía que frenarlos para que no nos saliéramos demasiado de lo previsto. Aunque podían hacer pequeños cambios a sus personajes, no soy muy amigo de la improvisación. A veces tenía que rechazar propuestas. No me gustaba hacerlo, pero tenía que mantenerme fiel al guión. Una vez, dos o tres actores escribieron un diálogo. Me alegró que lo hicieran juntos. Vinieron a verme y les dije: "Vale, lo haremos, pero sólo tenéis una toma. Cuando hagamos el montaje decidiremos si la incluimos...". Por cuestiones de ritmo, al final la descarté, pero me encantó verlos trabajar juntos como hermanos.

La emoción de una historia contada por los hombres que la vivieron

Cuando hago una película, siempre me pongo en el lugar del espectador. Si una escena no me emociona, sé que al espectador tampoco le emocionará. Soy como un termómetro. Me olvido de mi trabajo y del aspecto técnico para poder sentir. Y si no me emociono, volvemos a empezar. Si no funciona, no tiene por qué ser culpa del actor, también puede ser un problema del guión. Si es así, soy yo el que tiene que proponer un cambio.

Durante el rodaje sucedió algo muy hermoso que yo no esperaba. La primera vez que reparé en ello fue viendo a los extras que hacían de soldados marroquíes en la parte que rodamos en Ouarzazate. Todos los días trabajaban con entusiasmo, desde por la mañana. No se limitaban a obedecer las instrucciones que yo les daba. Ponían todo su corazón en lo que hacían. Me decían: "¡Rachid, estamos contigo!", y: "Hemos trabajado en otras películas, pero contigo sabemos por qué corremos". Y ese entusiasmo se refleja en la película. A veces yo era reacio a repetir una escena, porque tenían que llevar peso y correr en sandalias por las rocas, y les sangraban los tobillos. Pero ellos se ofrecían a repetir, porque la película habla de sus antepasados, de su relación con Francia y de un periodo que marcó profundamente su historia. Incluso con ellos, el tema de la película estaba siempre presente. Algunos vinieron con la foto de su padre, que había luchado en la Segunda Guerra Mundial. Otro, que había luchado en el pueblo, me enseñó fotos y cartas que había escrito al gobierno y que nunca recibieron respuesta.

Ese factor humano también nos impresionó cuando regresamos a Francia. Sin importar dónde fuéramos, la gente venía a vernos, independientemente de sus orígenes. A veces viajaban 50 kilómetros para vernos. Primero esperaban, y luego nos enseñaban sus fotos, y nos hablaban de los soldados de infantería que habían conocido y de quienes les liberaron. También conocimos a muchos hijos y nietos de aquellas personas que nos hablaron de ellas. A veces esperaban durante horas, porque nosotros estábamos ocupados con el rodaje. La película recibió una acogida maravillosa. Nos pidieron que participáramos en debates con franceses, norteafricanos y otros africanos para hablar sobre la película, el tema que trata y lo que sus padres habían vivido. Comprendimos que ya iba siendo hora de contar esta historia, de poner en imágenes algo que ha permanecido en silencio durante mucho tiempo. Aunque yo ya lo percibía así, me sorprendió comprobar el enorme entusiasmo que despertó la película.

Pero los testimonios de todas estas personas me han enseñado algo que me ha conmovido más profundamente si cabe, y es algo que observé también en los supervivientes: su amor y su vinculación con Francia, que, aunque resulte increíble, siguen estando por encima de cualquier otro sentimiento.

La historia de estos hombres y de su relación con Francia no comenzó, como algunos creen, en la década de 1960. Mucho antes de eso, vinieron, liberaron a Francia y se convirtieron en héroes. No hubo sólo "barrenderos", ¡hubo héroes a los que se quería y se recibía con los brazos abiertos! Muchos siguen considerándolo como el mejor momento de sus vidas. Por eso les parece tan extraña la actitud posterior a aquellos hechos que pervive hoy en día. Ellos lo ven como una historia de amor con un final amargo, como una traición. Les duele que sus hijos y sus nietos lo pasen tan mal. Este cambio se produjo precisamente en la década de 1960. Pero, a pesar de la degradación de su imagen, del rechazo que reciben, de las pensiones prometidas que los excombatientes nunca percibieron, no sienten odio ni deseos de venganza. Si tuvieran que volver a hacerlo, lo harían.

No he intentado cambiar la historia. Si hubiera visto que estas personas estaban llenas de violencia y amargura lo habría reflejado en la película. Pero ése no es el caso. Liberar a un país que sienten como el suyo, a su "madre patria", la forma en que los recibieron en los pueblos de Francia y cómo les aplaudían por las carreteras, todo eso ha dejado una huella en su memoria. Y todas la injusticias que han sufrido desde entonces no han conseguido borrarla. Hace mucho tiempo que quería hacer esta película para que los jóvenes lo sepan y los demás lo recuerden. Estoy seguro de que será bien recibida. Es el momento oportuno. La película es una piedra con la que seguir construyendo el futuro juntos.

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