• Inicio Sugerir Modificar

Sangre de mayo


Cartel de Sangre de mayo

El joven Gabriel Araceli trabaja en una modesta imprenta de Madrid. Su novia, Inés, es una guapa chica huérfana que vive en Aranjuez, acogida por su tío, don Celestino Santos del Malvar, humilde sacerdote pariente lejano del poderoso ministro Godoy. En la visita al Real Sitio para ver a la novia, Gabriel coincide con el histórico motín del 19 de marzo contra Godoy, cuyo palacio es asaltado por la turba. Pensando en el bien de la chica, don Celestino consiente en que Inés se traslade a Madrid, para vivir con sus también parientes don Mauro Requejo y su hermana Restituta, que tienen tienda de paños en la capital. Gabriel, para estar cerca de su novia, se ofrece como mozo en la tienda. Con ayuda del mancebo Juan de Dios, que también se ha enamorado de la muchacha, intenta raptar a Inés, pues don Mauro pretende casarse con ella. Y tras mucha peripecia, Gabriel consigue huir con Inés aprovechando el tumultuoso recibimiento que el pueblo de Madrid rinde al nuevo rey Fernando VII, El Deseado. La enamorada pareja se refugia en la pensión donde vive el chico. Su proyecto es huir a Cádiz. Don Celestino, el sacerdote tío de Inés, huyendo de la persecución de que es objeto por su relación con Godoy, se reúne con la pareja. Pero los tiempos andan revueltos porque, con pretexto de su marcha hacia Portugal, las tropas de Napoleón han entrado en España. Lo han hecho como amigos y aliados, pero los soldados franceses son mal vistos por la población madrileña, que los considera invasores. Y el día del 2 de mayo estalla la revuelta popular contra los destacamentos imperiales. Y, accidentalmente, Gabriel se ve envuelto en las feroces luchas que tienen lugar en la Puerta del Sol y otros lugares de Madrid.

     Título original: Sangre de mayo
     Año: 2008
     Duración: 152 min.
     Nacionalidad: España
     Género: Drama. Histórica
     Fecha de estreno: 03/10/2008
     Calificación: Mayores de 7 años
     Distribuidora: Alta Films, S.A.

 
Nominaciones:
Goya. Mejor fotografía 2009
Goya. Mejor interpretación femenina de reparto 2009
Goya. Mejor dirección artística 2009
Goya. Mejor diseño de vestuario 2009
Goya. Mejor maquillaje y peluquería 2009
Goya. Mejor sonido 2009
Goya. Mejor efectos especiales 2009

Comentario

De niño, mi asignatura favorita en el colegio, incluso antes de iniciar el bachillerato, fue siempre la de Geografía e Historia. Me apasionaba fisgonear en el Atlas (de la editorial Hernando), recorrer con el dedo el mapamundi o los mapas etnográficos o el planisferio celeste, hojear los libros con dibujos de la antigua Grecia o del Imperio romano. Lo cierto es que aquello, claro, estaba muy cerca de las películas. El cine histórico (todos los westerns lo eran) ha ejercido gran poder de fascinación sobre mí. Adoraba los peplums (cuando aún no se llamaban así) y los cotilleos sobre Isabel y María Estuardo o sobre los tiempos de María Antonieta y la Revolución francesa. Entre mis favoritas: Lo que el viento se llevó, de Victor Fleming y muchos más; Quo Vadis, de Mervin LeRoy; Las cruzadas, de Cecil B. DeMille; y qué decir de Espartaco (Kubrick); El Cid (Mann) o Cleopatra (Mankiewicz); o, ¡uf!, La Marsellesa (Renoir) o La prise de pouvoir par Louis XIV (Rossellini)…

De otra parte, tengo bien comprobado que ir de la mano de Galdós a cualquier parte es viajar en clase preferente. Para mí, don Benito es la plata indiscutible de nuestro medallero literario, tras el oro de Quevedo y precediendo el bronce de Baroja. Fortunata y Jacinta me parece la mejor novela escrita en nuestro idioma (tras el Quijote, desde luego), y atesora en su construcción más sabiduría que la de David Copperfield, de Dickens. Los Episodios nacionales, sobre todo los de la primera parte, no tienen menos aliento épico que Guerra y Paz, de Tolstói. Los Episodios es la obra de un escritor poderoso, de un novelista moderno, de un cronista ameno y meticuloso, de un periodista de investigación objetivo y responsable, más que de un historiador tradicional. En mi primera lectura de los Episodios, a los diecisiete años, no advertí que bajo la estructura novelesca de “historia vivida” había un claro propósito de, digamos, educación política y que, tanto como los personajes, a Galdós le atraía la “realidad social”. En esa mi primera vez, ya digo, me dejé arrastrar por los protagonistas y sus peripecias, por su fabulosa “ambientación”, por los tipos (los “extras”) y sus oficios, por la atmósfera (nunca he tenido esa impresión de estar ante un mundo tan rebosante de vida; Balzac, Simenon, también poseen parecida fuerza descriptiva), en fin, por ese reflejo tan certero de las clases medias, artistas diletantes, posaderos, mendigos, comerciantes, religiosos, bullendo en calles y plazas, lonjas y mesones, cuarteles o palacios, todos desbordados por los nuevos tiempos, por el tremendo final de una época. Con los Episodios me ocurre como con algunos poemas de Lorca o Antonio Machado, que siempre parecen nuevos, por más que los leas.

Pero sí, claro, “también” Galdós meditaba en cada página de su monumental obra ?otra Comedia humana de la Era moderna?, sobre el fracaso de un pueblo y un reino. Voy a entrecomillar unas palabras del maestro: “Por más que la generación actual se precie de vivir casi exclusivamente de sus propias ideas, la verdad es que no hay adelanto en nuestros días que no haya tenido su ensayo más o menos feliz, ni error al cual no se le encuentre fácilmente la veta a poco que se escarbe en la historia para buscarla”.

La película SANGRE DE MAYO se inspira en los episodios La Corte de Carlos IV y El 19 de marzo y el 2 de mayo. Y ratifico lo de que “se inspira” porque, como cuando también Horacio Valcárcel y yo adaptamos El abuelo, nos hemos tomado muchas licencias con el texto, en el dibujo de los personajes y sus andanzas, en los diálogos o en la creación de nuevos caracteres y numerosos cambios argumentales. Aun así, la esencia del pensamiento galdosiano espero que haya sido respetada al máximo, como en El abuelo. Leer a Galdós es meterte en la auténtica máquina del tiempo, nada que ver con aquella de Rod Taylor, y asistir boquiabierto a los lugares donde se desarrolló parte de nuestra Historia reciente, sin sectarismos, sin la tentación de opinar y opinar, con piedad de la buena, con talento y transparencia.

En cuanto a mí, nunca había filmado batallas, cañonazos, cargas de caballería; ni en decorados enormes que reproducían calles de Madrid o estancias del monasterio de El Escorial, por no hablar de los cientos de figurantes que se movían por mercados, figones, lavaderos del Manzanares y aplaudían a Fernando VII (en mala hora) en la Puerta del Sol. Ha sido como si volviera a la infancia. Hace ya dos años y medio, la Comunidad de Madrid (que ya manejaba numerosos proyectos para conmemorar el Bicentenario del 2 de mayo de 1808) me ofreció la posibilidad de enfrentarme cinematográficamente a tan poliédrico hecho, una insurrección que desencadenaba un vacío de poder, primero, y la Guerra de la Independencia, después. Jamás se lo agradeceré suficientemente a Esperanza Aguirre. Porque ha sido como uno de aquellos regalos que recibí y no recibí de niño. Todo junto. Como el fuerte y la media docena de pieles rojas y de soldados del Séptimo de Custer, que me regalaron mis padres unas navidades, y como la bicicleta que nunca pudieron comprarme. Por último, quisiera añadir que Galdós amaba la imagen, la ilustración de lo novelado. En su Prólogo al lector de la edición dibujada de los Episodios, de 1882, confiesa que “… el texto gráfico es, a mi juicio, condición casi intrínseca de los Episodios nacionales”. Ojalá que la “ilustración” de SANGRE DE MAYO se parezca un poco a aquella de los Lizcano, Mélida, Ferriz y Pellicer. De haber vivido algo más, no me cabe duda de que Galdós habría sido un cinéfilo de alzada. Cuando murió don Benito, en 1920, el cine ya había dado, entre otras, películas tan extraordinarias como Le voyage dans la Lune (Mèliés, 1902), The great train robbery (Porter, 1903), Los vampiros (Feuillade, 1915), El nacimiento de una nación, 1915, Intolerancia, 1916, y Lirios rotos, 1919, las tres de Griffith; y Ana Bolena (Lubitsch, 1920).

¡Lo que me habría gustado charlar por los codos de cine con don Benito!