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La mujer sin piano


Cartel de La mujer sin piano

La mujer sin piano es el retrato de un ama de casa cualquiera a comienzos del siglo XXI en Madrid. Su protagonista es una mujer casada para la que no hay nada comparable a la íntima satisfacción de ver el plato humeante servido con admirable puntualidad a la hora de la comida. La película cuenta veinticuatro horas de su vida doméstica, laboral y sexual, una vida de la que una noche decide escapar, y cuenta todo lo que le pasa en esta fuga que dura lo que dura la noche.

Quizá alguien diga que esta es una película sobre la alienación y la esclavitud de un ama de casa, pero en realidad es la historia de una mujer que, entrando en la menopausia, sin amistades, ni relaciones sociales, que ha vivido toda su vida volcada en la familia, que no se ve bonita, ni le gusta su pelo, se deja arrastrar por la noche y su extrañeza. Y es que, cuando llega la noche, otro mundo aparece, humorístico, negro, absurdo.

     Título original: La mujer sin piano
     Año: 2009
     Duración: 95 min.
     Nacionalidad: España, Francia
     Género: Drama. Intriga
     Fecha de estreno: 29/01/2010
     Distribuidora: Avalon Productions S.L.

 

Comentario

Rosa oye un pitido en el oído todo el rato. Lo único útil que han sabido “recetarle” los médicos es que se ponga la radio o la televisión muy alta para enmascararlo. Es un pitido agudo, incomodísimo y constante. Rosa oye el pitido desde hace ocho años. Nadie ha sabido decirle de dónde viene: el otorrino de la Seguridad Social, después de una audiometría que tardaron meses en hacerle, le ha dicho que tiene un oído finísimo y le ha mandado al neurólogo, y el neurólogo al psiquiatra, y el psiquiatra le ha recetado tranquilizantes y que se ponga la radio muy alta. Rosa es la protagonista de La mujer sin piano; el pitido en el oído, que clínicamente se llama acúfeno, es el mío.

Los ruidos de la vida cotidiana, organizados en una película, son música, pero, desde hace treinta y dos meses, una semana y dos días, para mí no existe el silencio. Lo que no he podido arreglar en la vida he tratado de sublimarlo en el cine: a Rosa le he adjudicado el pitido en el oído que es mío, y que ahora, mientras escribo, como siempre, me acompaña. Uno no sabe dónde le están esperando las películas. Yo no soy un director intelectual, no parto de ideas ni de tesis; mi pensamiento es fundamentalmente visual (y sentimental). Acúfenos aparte, La mujer sin piano, como todo lo que he rodado, comienza con una imagen cifrada: una madrugada, al regresar de un viaje, cuando salía de la Estación Sur de Autobuses de Madrid, caminaba hacia mi casa cuando me crucé con una mujer agarrada a una maleta y a un bolsito camino de la estación cerrada. Esa imagen, y ese sonido, el de una mujer caminando por en medio del asfalto, y sus tacones reverberando en el silencio de la noche de un día laborable, para mí, desde entonces encierran un misterio. Escribir y rodar la película es tratar de desentrañarlo, de revelarlo; algo que casi nunca se consigue.

El placer de estar con Carmen Machi y con Jan Budar, de modelar sus cuerpos, y componer juntos sus personajes ha sido otra de las razones fundamentales para rodar La mujer sin piano. Y es que si esta película se puede leer como el intento de dos cuerpos por aproximarse, yo creo que también trata de un director trabajando como un escultor o un cirujano sobre el cuerpo de sus actores, para dar al final con dos composiciones opuestas, radicales y bellas. Dolorosas y humorísticas.