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Alma máter


Pamela, 34 años, es una mujer pequeña y tímida. Trabaja de cajera en un supermercado montevideano. Concurre a un templo religioso dirigido por un pastor brasileño. Es adicta a los dulces. Visita periódicamente a su madre autista. Un personaje anónimo, una vida sin brillo. De pronto, el milagro ocurre. Mensajes de un destino maravilloso comienzan a llegar a Pamela por vías insólitas: un misterioso cliente, un travesti amable y carismático, su propia madre, sueños, códigos de barra, señales reales e imaginarias. El Salvador del próximo milenio está en camino y ella, siendo virgen, lo está llevando en sus entrañas. ¿Es esto posible? Y si lo es, ¿por qué todo se vuelve oscuro y amenazante? Impulsada a enfrentarse a sí misma, Pamela emprende un viaje interior que encarna una paradoja: mientras ella se vuelve más mística, se vuelve también más humana.

     Título original: Alma máter
     Año: 2005
     Duración: 100 min.
     Nacionalidad: Uruguay
     Género: Drama.
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Nominaciones:
Goya. Mejor película extranjera de habla hispana 2006

Comentario

¿Queda algo sagrado en esta época signada por la ley de mercado, por la globalización, por la banalización de la cultura? Los adelantos tecnológicos, ¿permiten, por sí mismos, hablar de un progreso con respecto a lo humano? ¿Existe algún refugio para desarrollar un sentimiento místico que no esté impregnado de ideologías e intereses espurios? ¿Queda, aún, lugar para la inocencia? Y, de ser así, ¿qué garantías tiene de no ser confundida con la locura?

Estos son algunos de los temas que intento indagar en Alma Mater, como parte de una reflexión personal sobre la época y sus valores (o, si se prefiere, sus no-valores). Para ello considero imprescindible una puesta en escena que se desmarque radicalmente de toda visión institucional del arte, en general, y del cine, en particular, y también de un tratamiento adocenado y trivial de las imágenes. Es decir, encuentro adecuada una puesta en escena que elabore la tensión del tiempo en cada plano, que asuma su contenido simbólico sin subrayados ni estereotipos, que recree Montevideo desde una perspectiva no naturalista, que exhiba su condición artesanal desde una planificación rigurosa y argumentada de cada plano.

En términos cinematográficos, las referencias provienen de varios creadores del cine moderno. Por un lado, las obras de aquellos cineastas que supieron crear relatos descarnados y, a la vez, epifánicos, y cargar de misticismo un paisaje desolado o una humanidad en crisis (Bresson, Dreyer, Rossellini); por otro, los que han abordado situaciones límite que disuelven la cordura y las certezas, sin recurrir a estrategias formales "de género" o que violen la verosimilitud del relato (el Polanski de Repulsión, El bebé de Rosemary o El inquilino; el Mike Leigh de Naked; el Lars Von Trier de Contra viento y marea).

El desafío está planteado: adaptar al Uruguay de hoy una historia de inspiración bíblica (la base argumental sigue la Anunciación de la Virgen María según la cuentan los Evangelios), y desarrollarla como una fábula urbana que encuentra "iluminación" mística donde menos se la espera: en un personaje anodino, en una época embrutecida, en una ciudad anónima y gris. Esa contradicción entre tema y circunstancias constituye una veta interesante para construir atmósferas (inquietantes, perturbadoras) que aún permanecen inéditas en el escaso cine uruguayo, si bien ya han sido abordadas en su literatura (Felisberto Hernández, Mario Levrero, incluso Horacio Quiroga). Por otra parte, el propio destino del personaje -cuyo punto de vista sostiene la historia- nos indica una actitud contemplativa, progresivamente distorsionada por fuerzas misteriosas que tergiversan la concepción de la realidad y del tiempo.

Soy conciente de que Alma Mater desafía el concepto civilizado y positivista que tiene de sí mismo el Uruguay, país oficialmente laico cuya "cultura media" se niega a aceptar la creciente religiosidad popular. En ese sentido, pretendo que el film sea un aporte para revisar la autoimagen paralizada y el miedo a la diversidad que dominan la sociedad uruguaya.

Pero el mayor desafío para mí consiste en involucrarme, intelectual y afectivamente, en lo que le ocurre a los personajes y abstenerme de todo juicio, de todo comentario, de toda referencialidad. La actitud apropiada que puedo tener como autor, el gesto más noble que encuentro, es dejar que la historia se cuente a sí misma y buscar la mejor forma de guiarla a que se convierta en imagen.

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