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Una merienda en Ginebra


Cartel de Una merienda en Ginebra

En el año setenta y tres, a finales del franquismo, Mercè Rodoreda, una de las autoras europeas más importantes del siglo veinte, coincide en Ginebra, donde vivía, con el crítico literario y editor Josep Maria Castellet y le invita a merendar en su casa.

La famosa escritora, ciertamente un personaje recóndito, guardaba el secreto de todo lo que la concernía, se había convertido ella misma en secreto o, quizás, incluso, en productora de secretos.

Pero aquella tarde, extrañamente, se abrió y compartió muchos de ellos.

     Título original: Un berenar a Ginebra
     Año: 2013
     Duración: 90 min.
     Nacionalidad: España
     Género: Drama.
     Fecha de estreno: 20/12/2013
     Calificación: Todos los públicos

 

Comentario

No sé en qué momento de su vida Mercè Rodoreda lo escribió: No hay nada peor que estar sin país. Ella, una de las más grandes escritoras contemporáneas y más influyentes del siglo veinte, tal como lo atestiguan las referencias de otros autores a su obra y su impresionante repercusión internacional, con traducciones a cuarenta idiomas diferentes. Escribo porque me gusta escribir. Si no me pareciera exagerado diría que escribo para gustarme a mí misma. Si de rebote lo que escribo gusta a los demás, mejor. Quizás es más profundo. Quizás escribo para afirmarme. Para sentir que soy ... Y acabo. He hablado de mí y de cosas esenciales en mi vida, con una cierta falta de medida. Y la desmesura siempre me ha dado mucho miedo.

¿Quien era esta mujer que escondía tantos miedos, tantos secretos? Nos acercamos a ella sirviéndonos en todo momento de sus propias palabras constantemente repetidas a diestro y siniestro por ella misma y mediante la relación que le unió con la figura de Josep Maria Castellet y el recuerdo que este escribió de una merienda del año mil novecientos setenta y tres, en Ginebra. Aquella tarde, tras lo que el respetado crítico literario y editor describe en sus memorias como un monólogo sobre su experiencia vital, Rodoreda abrió una pequeña rendija de su universo.

En nuestra ficción, situamos la autora en un antiguo estudio, de cuando la televisión se hacía en blanco y negro, respondiendo con ingenio a unas imaginarias preguntas: el cuestionario Proust, originalmente publicado en La Vanguardia. La referencia estética es la Televisión Española de la época de cuando el gran Joaquín Soler Serrano le hizo una de sus magníficas entrevistas.

A continuación Castellet recuerda y nos hace viajar a la clínica Muñoz de Girona. Es en abril de 1983 y los amigos, Castellet, su mujer Isabel, Carme Arnau y Joaquim Molas se enteran por Carme Manrubia de la gravedad de la enfermedad de la Rodoreda. La autora muere al cabo de poco y todos, consternados ante la inesperada pérdida, asisten al entierro en el cementerio de Romanyà de la Selva, donde se ha congregado lo mejor de la sociedad barcelonesa.

El descubrimiento de la mirada de Jordi Gurguí, el hijo escondido de la autora que sufre una esquizofrenia paranoica, conmueve dolorosamente Castellet. Este hecho le lleva a rememorar el conocimiento tardío de Rodoreda, primero en Barcelona, después ya en Romanyà: Una mujer amable pero un poco seca y distante. En el trato se imponía un cierto convencionalismo que, más tarde, le vi aplicar a otra gente. No fue hasta unos años después que la traté con más asiduidad y que entendí que, en adelante, podía acudir a ella con amistad y afecto y, por decirlo de alguna manera, sin hacerle estorbo, como decía ella que le hacía la gente.

Esta amistad creció a raíz de la merienda de aquella tarde del setenta y tres, cuando se encontraron en Ginebra. Mi trabajo se concentra en la reconstrucción de este encuentro.

Según explica Castellet, Rodoreda durante un largo rato les recitó su monólogo habitual, una versión aprendida de memoria, sobre la infancia, la guerra, el exilio. Él la llama simplemente el monólogo, la misma narración, casi las mismas palabras, que le hemos leído y / o oido repetidas en entrevistas con Montserrat Roig, Dolors Oller, Baltasar Porcel, Mercè Vilaret, o la del propio Joaquín Soler Serrano, declaraciones calcadas unas a las otras, siempre las mismas palabras.

Era la versión oficial que Rodoreda repetía a todo el mundo, cerrando el paso, escondiendo su intimidad, sin dejar entrar a nadie en profundizar más en su vida. Cierto es que, posteriormente a su desaparición, por su correspondencia con Carme Arnau o con Joan Sales, su editor, sabemos muchas más cosas pero la verdad oral, de cara al exterior, era ciertamente repetitiva, monolítica. Su vida, sus emociones, sus deseos, sus amores, sus desengaños, los encontrabas en algunos de sus personajes literarios.

Sin embargo Castellet nos explica que, en esta merienda, una vez había recitado la historia oficial, Rodoreda se mostró, por primera vez, en una dimensión diferente a como la había conocido. La autora acabó confesando sus inquietudes y sus miedos sobre la creación literaria, el sentido del trabajo en una cultura perseguida y diezmada, las relaciones íntimas entre hombre y mujer, la ausencia de un país real, la sinrazón del exilio, las huellas crueles de la guerra civil ... ¿Ves estas cuatro paredes? Esto ha sido Cataluña para mí durante muchos años: Cataluña, una abstracción y una nostalgia, es decir, todo lo que se ha vivido intensamente y se acaba.

Las cuatro paredes que, para una de las escritoras europeas más importantes del siglo XX, significaban su minúsculo entorno del que, paradójicamente, salió una de las fabulaciones más exquisitas de las letras hispánicas. Por eso, simbólicamente como una metáfora, el nudo central lo sitúo en su apartamento de Ginebra.

Lo que sí puedo afirmar es que después de aquella visita me demostró una confianza y una amistad menos convencionales, y también que la sinceridad de aquella tarde me acercó a ella de una manera más profunda. Pienso que la presencia de Isabel, mi mujer, fue decisiva, porqué el tema de su relación con Obiols, no tanto lo expresado en sus palabras sino la relación profunda entre una mujer y un hombre a lo largo de muchos años, le era más fácil sacarlo ante otra mujer que con un hombre.

Esto es lo que recuerda Castellet. Me planteo, por último, un paralelismo dramático narrativo final con la forma inicial a modo de broche que cierre el sentido narrativo de la película. Este recurso me permite, vía una querida reflexión, plantear los puntos oscuros, escondidos, de la vida de esta mujer de los que nunca habló públicamente. Una mujer que dejó a su hijo en Barcelona y que siguió durante tantos años infernales de exilio a un hombre hipercrítico, Obiols, por quien tanta pasión sintió, a pesar de todas las infidelidades que tuvo que sufrir, mientras se iba convirtiendo en el autora más importante de la literatura catalana del siglo XX.

Pero, ¿se dejó conocer nunca, de verdad, Mercè Rodoreda? Esta propuesta intenta comprender un personaje atractivo, fascinante y muy desconocido por el público, en unos años ciertamente turbulentos de la historia contemporánea.

Una merienda en Ginebra. Una historia apasionante para los espectadores que se encontrarán con uno de los grandes mitos de la historia de nuestro país. Un tipo de indagación absolutamente contemporánea que, como en otras cinematografías tanto europeas como americanas, ha significado poner al descubierto la intimidad de la gente pública, sean reyes o reinas, presidentes o presidentas, o escritores. Hay un montón de títulos que certifican el interés del público en la intimidad de los personajes históricos. La lista es larguísima y, bien interpretada, con un reparto como el que proponemos, tiene un común denominador, el interés, el atractivo de entrar en un mundo desconocido pero que le es familiar. Centenares de miles de personas han leído la obra de Rodoreda en todo el mundo, en especial La Plaza del Diamante y muchas más habrán visto la serie que en su día hizo TVE. Con esta Una merienda en Ginebra los espectadores van a conocer una vida escondida, con las cicatrices y las heridas acumuladas en las históricas luchas europeas que tanto dolor causaron a mitades del siglo pasado.

Proponemos una situación que trasciende la anécdota, que nos parece universal, una metáfora de toda una sociedad nada lejana a la que hay que volver para entendernos colectivamente.

¿Pero, se dejó conocer, de verdad, Rodoreda? Mi propuesta intenta comprender este personaje en unos años ciertamente turbulentos de la historia contemporánea.