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Fuego en el mar


Fuego en el mar

Samuele tiene 12 años y vive en una isla en medio del mar. Va al colegio, le gusta lanzar su tirachinas e ir de caza. Le gustan los juegos en tierra firme, a pesar de que vive en un lugar en el que todo gira alrededor del mar y de los hombres, mujeres y niños que intentan atravesarlo para llegar a su isla. Pero la suya no es una isla cualquiera. Es Lampedusa y es la frontera más simbólica de Europa, que en los últimos 20 años atraviesan miles de inmigrantes en busca de la libertad.

     Título original: Fuocoammare
     Año: 2016
     Duración: 108 min.
     Nacionalidad: Italia, Francia
     Género: Documental.
     Fecha de estreno: 14/10/2016
     Calificación: Mayores de 7 años

 

Comentario

Fui por primera vez a Lampedusa en el otoño de 2014. Mi idea era filmar un cortometraje de 10 minutos para presentarlo a un festival internacional. La idea de los productores era hacer una pieza corta, una película instantánea, que ofreciera una imagen diferente de Lampedusa a una Europa pasiva e indiferente cuya comprensión de la crisis migratoria era confusa y estaba distorsionada. Ese también era mi caso. Para mí, Lampedusa había sido durante mucho tiempo una maraña de voces e imágenes generadas por anuncios de televisión y titulares impactantes sobre muertes, emergencias, invasiones y protestas populistas.

Pero una vez en la isla descubrí una realidad que no se parecía en nada a la que transmitían los medios de comunicación y la narrativa política. Me di cuenta que sería imposible comprimir un universo tan complejo como el de Lampedusa en unos pocos minutos.

Comprenderlo exigía una inmersión completa y prolongada. Y no iba a ser fácil. Sabía que tendría que una forma de introducirme en ese universo.

Entonces, como suele ocurrir en la realización de documentales, ocurrió algo totalmente imprevisto. Acudí a Urgencias por una molesta bronquitis y conocí al Dr. Pietro Bartolo. Me dijo que era el único médico de la isla y que había estado presente en cada desembarco de inmigrantes rescatados en los últimos treinta años. El decidía a quien había que enviar al hospital, quién iba al centro de detención, y quién había fallecido.

El Dr. Bartolo no sabía que yo era un director en busca de una posible historia así que me contó sus experiencias en las urgencias médicas y humanitarias. Lo que dijo, y las palabras que utilizó, me afectaron profundamente.

Nos entendimos muy bien y me di cuenta que podía convertirse en un personaje de la película. Después de hora y media de intenso debate, el médico me enseñó en su ordenador imágenes desgarradoras que no se habían visto nunca, así que vi de primera mano la realidad de la tragedia migratoria. En ese momento supe que tenía que transformar el cortometraje de 10 minutos que me habían encargado en mi nueva película.

Después de poner en marcha la producción del proyecto, me instalé en Lampedusa y alquilé una pequeña casa en el antiguo puerto donde me quedé hasta el final del proceso. Quería contar la historia de esa tragedia a través de los ojos de los habitantes de la isla, cuyo modo de ver y escuchar las cosas, y la vida, habían sufrido un cambio gigantesco en los últimos 20 años.

Gracias a la ayuda de Peppino, un ángel de la guarda de la isla que más tarde se convirtió en mi ayudante de dirección, fui entrando en contacto con la gente de la isla y llegué a conocer sus ritmos, su vida cotidiana, su manera de ver las cosas. Y como había sucedido con el Dr. Bartolo, tuve otro encuentro fundamental, esta vez con Samuele, un niño de 9 años hijo de un pescador, que me conquistó. Me di cuenta de que a través de sus ojos claros e ingenuos podía contar la historia de la isla y de sus habitantes con mayor libertad. Lo seguí mientras jugaba con sus amigos, en el colegio, en casa con su abuela y en el barco con su tío. Samuele me permitió ver la isla de otra manera y con una claridad que no había conocido antes y, a través de él fueron surgiendo otros personajes de la película.

Mi decisión de mudarme a Lampedusa lo cambió todo. En el año que pasé en la isla tuve que capear el largo invierno y luego los meses en el mar, y llegué a conocer el verdadero ritmo de la avalancha de inmigrantes. Era necesario ir más allá y no limitarme a ir corriendo a Lampedusa cuando había una emergencia como hacían los medios. Al vivir allí me di cuenta de que la palabra emergencia no tiene sentido. Todos los días hay una emergencia. Todos los días pasa algo. Si quieres comprender el verdadero sentido de la tragedia necesitas no solo estar allí, sino estar en contacto permanente con lo que ocurre. Sólo así pude comprender mejor los sentimientos de los isleños, que llevaban 20 años observando cómo se repetía la misma tragedia.

Después del comienzo de las operaciones de rescate como Mare Nostrum, que trata de interceptar barcos en el mar, ya no se ven emigrantes en Lampedusa. Pasan como fantasmas. Los llevan a un muelle del puerto viejo, los trasladan en autobuses al centro de detención para asistirlos e identificarlos, y unos días después los envían a la península.

Al igual que con los aterrizajes, de los cuales filmé decenas, la única manera de comprender lo que ocurre en el centro de detención es entrar en él y verlo de cerca. Es muy difícil rodar en el interior, pero gracias al permiso que obtuve de las autoridades de Sicilia, pude mostrar el centro, sus ritmos y reglas, sus habitantes y sus costumbres, sus religiones y sus tragedias. Un mundo dentro de un mundo, aislado de la vida cotidiana de la isla. La mayor dificultad estuvo en encontrar una manera de filmar ese universo y transmitir una sensación no sólo de autenticidad y realidad, sino también de la humanidad que encerraba.

Sin embargo, no tardé en comprender que la frontera -que en su momento fue la misma Lampedusa, cuando las barcas llegaban directamente a la isla-se había trasladado al mar. Pedí permiso paraembarcar en un buque de la Marina italiana que opera frente a la costa de África y pasé cerca de un mes en el Cigala Fulgosi mientras participaba en dos misiones. Allí también aprendí los ritmos, las reglas y las costumbres de la vida a bordo hasta que nos topábamos con tragedias, una tras otra. La experiencia de filmarlas es indescriptible.