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Las furias


Cartel de Las furias

Marga, una mujer de casi setenta años, anuncia a sus tres hijos que tiene la firme intención de vender la casa de verano familiar -un caserón en algún lugar de la costa española- con el propósito de emprender un largo y misterioso viaje. Los invita a pasarse por allí lo antes posible para elegir muebles, enseres o recuerdos que quieran conservar antes de que la venta se lleve a cabo. Héctor, el hermano mayor, propone aprovechar el mismo fin de semana en el que deshagan la casa entre todos para celebrar en familia su boda con la mujer con la que lleva más de quince años viviendo y de la que todos esperaban que se separara. La familia vivirá un fin de semana dividido entre: qué ha pasado, qué te pasa, no me puedo creer que esto esté pasando, eso nunca debió pasar y ha pasado lo que tenía que pasar... una típica reunión familiar.

     Título original: Las furias
     Año: 2016
     Duración: 125 min.
     Nacionalidad: España
     Género: Drama.
     Fecha de estreno: 11/11/2016
     Calificación: Mayores de 12 años
     Distribuidora: Wanda Films

 

Comentario

Hacer cine siempre ha formado parte de mis sueños profesionales. Soy consciente de que la materialización de ese sueño conlleva un proceso largo y lleno de obstáculos. No pasa nada. Tengo entrenada la paciencia y una cierta habilidad natural para el salto. Hacer teatro es algo más fácil que hacer cine. Basta alguien que hable y alguien que escuche. Kamikaze Producciones, la productora que tengo junto a Aitor Tejada, ha ido creciendo estos años en su labor de producción teatral y ha dado forma a grandes y pequeños montajes de teatro de los que estamos muy orgullosos. El reto siempre ha sido marca de la casa, no en balde somos los Kamikazes. El de afrontar nuestra primera producción cinematográfica nos pone especialmente las pilas.

No sería mi primera experiencia audiovisual. Kamikaze Producciones se puso en marcha en 2001 para rodar cortometrajes. Tres fueron los trabajos cinematográficos que escribí y dirigí en años posteriores que viajaron por decenas de festivales y obtuvieron una gran cantidad de premios.

Mi formación académica es fundamentalmente actoral. Todo lo demás, guión, dramaturgia, dirección... lo he ido aprendiendo sobre la marcha. Una gran fortuna en una profesión como la nuestra que se forja sobre todo en la práctica.

A pesar de que mi carrera había sido hasta entonces casi exclusivamente teatral comencé a escribir para televisión antes que para el escenario. Compaginé durante algunos años mi carrera como actor con la de guionista mientras ahorraba para dirigir mi primer espectáculo de teatro. Aquellos trabajos alimenticios, muchos, series en serie, me proveyeron de la disciplina de la escritura: el día pactado había que entregar el número de páginas pactado, te hubieran visitado o no las musas inspiradoras.

Pasado un tiempo me propusieron dirigir en algunas de las series en las que participaba como guionista. El primer día que entré como director--realizador en un plató de televisión fue para poner en pie y grabar en una sola jornada de trabajo veintidós secuencias, sesenta y seis páginas de guión. Tuve que echar mano de mis recursos actorales para ayudarme a componer la seguridad que supuestamente debe mostrar un director. No creo que fuera mi mejor actuación, no era fácil interpretar el nuevo rol arrastrando una noche de insomnio, una taquicardia enloquecida y sin parar de escuchar ni un solo segundo una voz interior que gritaba: ¡farsante!

La primera carcajada que produje, dirigía una serie cómica o eso pretendíamos, no fue por una brillante puesta en escena o una ocurrencia sobre el guión. Fue por preguntar sin atisbo de disimulo qué era eso de lo que hablaban los técnicos del equipo. ¿Qué era el tally? ¡El director no sabía ni lo que era el simple piloto rojo de la cámara!

Aquella ignorancia técnica del director prometía grandes momentos cómicos al equipo. Los hubo. Muchos. No todos sobre mi falta de experiencia. De esa, afortunadamente, se olvidaron pronto, porque hice valer mi otra experiencia. Mi experiencia sobre las historias y los personajes. Mi experiencia en la dirección de actores y la puesta en escena.

Sacar el plan de trabajo diario era algo irrenunciable. Sesenta páginas de guión como mínimo. Me tuve que poner las pilas a la hora de planificar para trabajar a la velocidad requerida. Algunas secuencias eran puro trámite narrativo. Cuanto antes las despacháramos más tiempo tendríamos para las pocas que me reservaba a diario para disfrutar, bien por su valor cómico o por la dificultad de su puesta en escena. Historia y personajes. Ese es mi elemento. Ahí siento que nunca me quedo en blanco. Ahí me vengo arriba. Por ahí enganché al equipo. Lo demás... si no lo intuyo o lo adivino, lo pregunto. Por eso siempre procuro estar rodeado de grandes profesionales.

Bergman dijo que el teatro era su esposa y el cine su amante. Con la excitante energía que producen los primeros encuentros me dispongo a abordar Las Furias. No sin antes encomendarme a nombres ilustres e inspiradores. Profesionales que saltaron con toda naturalidad del teatro al cine como el propio Bergman, Visconti, Kazan, Welles, Fernán Gómez, Chérau, Mendes. Hombres de teatro que hicieron del cine una ampliación de su elemento natural para seguir haciendo lo que mejor sabían hacer: contar historias. Hombres de cine con trayectos de ida y vuelta por encima de ridículos prejuicios sobre ambas disciplinas.

Elegí la familia como sujeto de mi guión. Me resulta curioso que esta estructura social, dada la importancia que tiene en nuestro país, no haya inspirado muchas más películas. Para mí la familia es el principio de todo. El microcosmos en el que nos formamos y que más tarde reflejamos, consciente o inconscientemente, en el macrocosmos al que somos lanzados como personas adultas. El que nos arma o nos desarma para defendernos en el mundo exterior.

Las Furias es la historia de apenas unos días en la vida de la familia Ponte Alegre. Unos apellidos unidos por el hecho casual de que un hombre y una mujer se encontraran en el espacio y en el tiempo que les tocó vivir. Unos apellidos normales y corrientes que sin embargo juntos producen un significado curioso, divertido y, por contraste con los dramas de la vida, a veces brutalmente hilarante.

Dicen que los dos mayores tiranos para el ser humano son el tiempo y la casualidad. Pero también dicen que la casualidad no existe y que lo que se nos presenta como azar surge de las fuentes más profundas: ¿un destino preestablecido...?

Los Ponte Alegre se debaten, como todos nosotros, entre ese anhelo de trascendencia y la simple necesidad de sobrevivir. La lucha por vencer la descorazonadora idea de ser frutos del azar y la lucha por vencer al tiempo, cuya volatilidad nos resta, día tras día, posibilidades de salir vencedores de una y otra contienda.

Comencé a escribir Las Furias a través de sus personajes. Los describí, los entrevisté, les hice monologar. Muchas páginas después sentí que ya conocía suficientemente el universo Ponte Alegre como para empezar a contarlo. Sin prisa pero sin pausa. Trufando la escritura con la dirección de algún montaje teatral. La escritura es para mí en muchas ocasiones un ejercicio de soledad un tanto desesperante. Prefiero la acción, el ensayo, el rodaje... el equipo. Pero lo uno no viene sin lo otro. Así que me llamaba al orden y me sentaba frente al ordenador.

Cuando terminé el guión y lo leí, pasados unos días para recuperar algo de objetividad, lo primero que pensé fue que tenía que recordar a mis padres que la historia que acababa de escribir era una obra de ficción. Me asaltó la preocupación de que pudieran pensar que algunos de los acontecimientos que protagonizan los miembros de la familia Ponte Alegre pudieran estar inspirados, siquiera remotamente, en mi familia.

Al final, por mayores que nos hagamos, seguimos necesitando al grupo para ser reconfortados. La mano amorosa de papá o mamá que calme nuestra incertidumbre y nos diga: no te preocupes, todo va a salir bien. Y hacemos lo impensable para que esa caricia se produzca. A veces con tanta vehemencia que nuestra llamada de atención puede llegar a parecer una agresión en toda regla.

También me acordé de Magnolia, la película de Paul Thomas Anderson, cuyos personajes arrastran como los de Las Furias sus heridas emocionales. Y como ellos quieren pensar que han acabado con el pasado... pero el pasado no ha acabado con ellos.

Cada uno de los miembros de la familia Ponte Alegre con su inteligencia o su estulticia emocional, con su talento para enfrentar la vida o su falta de él, con su capacidad o su incapacidad para escuchar, persiguen lo mismo que perseguimos todos: una cierta armonía, un cierto sosiego, una cierta confianza en que el amor, al final, aunque NO lo pueda todo es lo mejor para hacer que la casualidad y el tiempo parezcan nuestros aliados... Aunque a veces, muchas veces, perdemos tanto el rumbo que olvidamos incluso lo que estábamos buscando.

En medio de esa enajenación es fácil que salgan a tu encuentro Tisífone, Alecto y Megera, más conocidas como LAS FURIAS. Sí, sí, estas cosas pasan. Alguien se inventó una historia sobre tres perras implacables capaces de enajenar a cualquier ser humano porque antes vio a un ser humano tan enajenado que la única manera que se le ocurrió de explicar semejante estado fue la intermediación de alguna fuerza sobrenatural. Que levante la mano el que no se haya visto alguna vez en una situación parecida.