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Viaje al cuarto de una madre


Cartel de Viaje al cuarto de una madre

Leonor quiere marcharse de casa, pero no se atreve a decírselo a su madre. Estrella no quiere que se vaya, pero tampoco es capaz de retenerla a su lado. Madre e hija tendrán que afrontar esa nueva etapa de la vida en la que su mundo en común se tambalea.

     Título original: Viaje al cuarto de una madre
     Año: 2018
     Duración: 94 min.
     Nacionalidad: España
     Género: Drama.
     Fecha de estreno: 05/10/2018
     Calificación: Todos los públicos
     Distribuidora: Alfa Pictures

 

Comentario

Esta historia surge de una sensación física, como hija que se desprende del nido familiar: el confortable calor con el que las faldas de una mesa-camilla me resguardaban del frío. O me aprisionaban. No era fácil salir de aquel brasero. Podría haberme pasado horas durmiendo la siesta bajo su regazo, cómodamente, mientras la vida transcurría en otra parte, lejos del confort de la casa de mis padres.

Ésta es una película íntima, familiar, sobre este paso necesario, aunque no siempre fácil, que se produce en todas las relaciones entre padres e hijos. Los hijos siempre se marchan de casa. Es ley de vida, dice la expresión. Y aún así, no hay ninguna fórmula segura para emprender este viaje.

Pero en este viaje no solo se embarcan los que se van. Cuando nos marchamos, dejamos un vacío enorme entre las cuatro paredes de una casa que nadie sabe cómo rellenar. Es ahí, en ese lugar, donde quise asomarme para pensar en la relación a distancia entre una madre y una hija. Son muchas las películas que han retratado el proceso de emancipación de los jóvenes en búsqueda de independencia, pero muy pocas han explorado la otra cara de este viaje, la de los padres que se quedan atrás.

"Viaje al cuarto de una madre" es una película sobre los lazos familiares que constantemente nos unen y nos separan, nos hacen fuertes y a la vez tan frágiles. Una película sobre los apegos y las distancias entre una madre y una hija que emprenden un doble viaje para descubrir lo complejo que es quererse.

Decía Yasujirô Ozu que la tragedia de la vida comienza con el vínculo afectivo entre padres e hijos. Querer bien, sin coartar al otro ni renunciar a uno mismo, quizá sea una de las tareas más difíciles en las relaciones paterno-filiares. Esta película pretende capturar esos momentos delicados de la vida donde el amor se revela en el saber alejarse, en el dejar ir.

Escribir la película

Después de "Luisa no está en casa" empecé a escribir pequeñas escenas de personajes solos en sus habitaciones, siguiendo la estela de lo que formal y temáticamente había explorado en el cortometraje. Siempre parto de la casa, que para mí es el espacio protegido, amable, donde compartir algo al calor de las personas cercanas. Cuando nada se comparte o no hay un centro de calidez o franqueza, hasta en el espacio protegido uno se siente desorientado, a la intemperie.

Un tiempo después, retomé aquellas escenas íntimas y decidí centrarme solo en una de ellas, la de una madre que llamaba a su hija por teléfono para charlar, buscando esa calidez, ese compartir algo que atenuara un momento de soledad en casa. Su hija, ocupada en otros menesteres, no tenía tiempo para ella.

Como hija, me sentí mal al releerlo. Vivo a casi mil kilómetros de distancia de mis padres y el teléfono forma parte de nuestra relación. A veces, cuesta encontrar el tiempo para devolverles una llamada, a pesar de que ellos siempre están ahí, atentos, para descolgar el teléfono al instante en el que se les necesita. Cómo corresponder algo así.

Fue ese malestar el que me movió a seguir escribiendo, a preguntarme cuáles son las expectativas que, a menudo, solemos depositar en las relaciones con nuestros padres, en las relaciones con nuestros hijos: qué esperamos de ellos o ellos de nosotros; cuánto pensamos en el otro o en nosotros mismos; en qué momento hacemos concesiones o ponemos límites; cuándo somos necesarios o prescindibles.

Retomé la escena de la llamada y metí a aquella madre y a su hija dentro de la casa familiar. Empecé a moverlas por sus habitaciones para que emprendieran un viaje al territorio íntimo y contradictorio de los apegos. Quería mostrar, a través de los actos cotidianos de la convivencia, lo difícil que es encontrar ese frágil equilibrio en el que la independencia no suponga soledad ni la compañía dependencia. Es en la conquista de estos espacios propios y ajenos donde se urden la mayoría de los conflictos en las relaciones materno-filiares. Debemos ser para los hijos -decía Natalia Ginzburg- un simple punto de partida, ofrecerles el trampolín desde el cual darán el salto.

Me gusta colocar a los personajes en encrucijadas cotidianas en las que, sin certezas a las que agarrarse, tengan que decidir -y por tanto, dudar- qué es lo mejor y para quién. En la tesitura de estas (in)decisiones se abren grietas, laberintos y hasta descubrimos que tenemos deseos. A pesar de que los miedos, a menudo, los esconden de nuevo. El amor incondicional no necesariamente le vuelve a uno más fuerte.

Todo el proceso de escritura ha estado atravesado por la pregunta sobre cómo vivir la propia vida y manejar este amor que nos siembra miedos. De nuevo, parafraseo las reflexiones de Natalia Ginzburg sobre la educación de los hijos: como padres, deberíamos tener una relación íntima con los hijos y, sin embargo, no mezclarnos violentamente en su intimidad. Encontrar el justo equilibro entre silencio y palabras.